Llovió de madrugada, pero las gotas después mutaron en humedad y el calor pegajoso empezó a envolver las carpas montadas desde hace seis meses en 9 de Julio y Avenida Mayo, ahí, en el corazón de la capital porteña.
Mientras unos arman los puestos de artesanías, otros se apuran a cruzar hacia la fuente, con baldes y bidones, para buscar lo que en Formosa es natural pero no potable: agua.
En el interior de las carpas, algunos recién se despiertan pero siguen acostados, con la mirada fija en ese techo de plástico que, desde hace seis meses, es el único que los resguarda.
Entre los colchones, las frazadas, la ropa, las ojotas y las zapatillas, de vez en cuando asoma un brazo, después una pierna y un enjambre de pelo: una nena manotea a una falsa Barbie y, más dormida que despierta, se pone a jugar con ella.
La tierra es el eco que resuena en cada uno de ellos, cuando se les pregunta qué hacen ahí, muchos lejos de sus hijos y sus nietos. No se autoproclaman dueños de la tierra, no. Tan sólo son parte de ella.
75 años tiene León. Pero bien podría sacarse algunos, si se lo propusiera: no tiene un documento que lo acredite. Esa falta de identidad, en pleno siglo XXI, es lo que lo trajo de Formosa a Buenos Aires. Está hace un mes en la carpa. Se vuelve a su tierra esta tarde, pero tal vez tenga que volver, a reclamar otra vez por los papeles que el propio gobernador le aseguró que iba a tener. León perdió la cuenta de los nietos que tiene, pero puede explicar a la perfección cómo extraer miel de los panales de abejas, sin que ninguna lo pique.
Además de su documento, León necesita "una parte" de la tierra para cultivar.
Antes de posar para la foto, saca de una bolsita de nylon una vincha roja y una bufanda de lana, ambas típicas de su pueblo qom. "Tenemos que volver a pisar los pasos de nuestros abuelos", dice.
Foto: Martín Di MaggioNo le gusta estar acá, en el acampe. Extraña la paz de Formosa. Pero sabe que ahora, por un tiempo, su lugar es acá. "Necesitamos la tierra para sembrar maíz, mandioca, batatas, hortalizas", dice entre dientes.
Cuenta que en el pueblo hay un CIC (Centro Integral Comunitario), pero que no hay doctores.
A Silvera su papá le contó que Perón les dio tierras a los pobres. "A los blancos pobres", aclara. "Si tenemos nuestra tierra, nadie nos va a usar", reflexiona.
No le gustan las fotos. Se cubre el rostro, arrugado, moreno, curtido por sus apenas 61 años, con sus manos. Después se para y comienza a deshacerse la larguísima trenza. El pelo le pasa la cintura, así que se lo acomoda un poco para salir linda en la foto. Primero pide compañía, pero después acepta, se vuelve a sentar. Se refriega los dedos. Respira profundo. Posa.
Foto: Martín Di Maggio"Claro que tenemos agua potable: de 10 a 12 del mediodía la abren", cuenta, sobre su vida en Formosa, como algo natural. "Así que si no tenés tachos o baldes grandes...", agrega y deja flotando en el aire la conclusión rápida: te jodés. El resto del día, el río.
Los primeros días de acampe, Amanda cuenta que dormían en el piso, hasta que llegaron las donaciones: colchones, mantas y frazadas.
Tiene 50 años y 4 hijos. "Ojalá llegue a los 97 que tiene ahora mi mamá", dice la mujer que asegura no tenerle miedo a nada. "El miedo siempre te mata", sentencia.
No sabe hasta cuándo va a estar acá. O sí, pero la fecha es indefinida: hasta que los reciba la Presidenta. "Ella es mujer y madre, también. Yo pienso que, a lo mejor, cuando deje de ser presidenta, nos atiende", se ilusiona Amanda.
Sentada justo en la entrada del iglú donde duerme cada noche, Alejandra no teje: desteje. Una especie de manta larga y ancha pronto será una bufanda que, luego, será vendida.
Tiene el pelo largo y mojado, recién lavado con el agua de la fuente de enfrente.
"La tierra es nuestra cultura y nuestro sustento", expresa, y asegura: "Nos privaron de lo nuestro, de nuestros montes, del agua". De esos montes, Alejandra extraía la materia prima para hacer las artesanías.
Extraña su tierra, por el "silencio" y la "libertad". Para ella, su lugar es "hermoso", pero "hay mucha pobreza e ignorancia". Está convencida de que sus antepasados, esos que (también) se las vieron bravas, están orgullosos de su lucha.
El hombre que la noche anterior volvió a la escena mediática, por haberse sentado frente al periodista Alejandro Fantino, no tiene apuro. Se hace paso y ofrece una silla. Él se sienta en una cama improvisada.
"Me agota esta tarea de trabajar así", reconoce. Su popularidad a veces lo abruma. Pero ni se nota.
Félix Díaz, líder de la comunidad qom "La Primavera" nunca soñó ni aspiró a ser lo que hoy es. Simplemente, se le "presentó". "Lo estoy llevando adelante con mucha fortaleza y ganas de superación, para mostrar que siempre es posible hacer algo, a pesar de la falta de capacidad, como un estudio o una carrera", destaca. "No puedo reducirme ante los demás, diciendo que soy inferior. Creo que eso me ha dado mucha fuerza a seguir sosteniendo que todo es posible cuando uno quiere", afirma.
"El Estado lo que quiere es un indígena que no actúa, que observa, que no dice nada, porque ese silencio al Estado le conviene", opina este hombre al que le gusta vivir "en medio de los recursos naturales", en libertad y paz. "No me gusta que se metan los partidos políticos, las religiones ni los clubes de fútbol", porque considera que de allí nace la división de las familias que se "enfrentan a muerte por sus diferencias". En esos espacios, asegura, "te ponen un precio". "A mí me gustaría que seamos libres de decidir lo que a nosotros nos gusta, para poder tener vida más sana", detalla.
Foto: Martín Di MaggioPara Félix la cuestión es clara: "Hay muchos intereses económicos en juego, están los territorios de los pueblos indígenas, que anteriormente eran lugares inhóspitos, inservibles para la explotación agrícola y ganadera, y hoy son requeridos por el poder económico, porque debajo de esos territorios están los recursos naturales".
Pero el líder qom también habla de la tierra como espacio de convivencia con los otros seres vivos, que también "tienen que ser libres". "Luchamos para que los territorios sean amplios, no para explotarlos, sino para poder convivir con los demás seres, para poder tener una esperanza de un mundo más sano, porque los herederos de ese mundo sin contaminación, sin enfermedades, serán nuestros nietos e hijos", subraya. Félix está convencido de que si el pueblo indígena se queda de brazos cruzados "el negocio económico va a destruir la vida misma de diferentes especies, va a exterminar los montes, va a contaminar el agua y el aire".
Félix habla de "tiempo", "desarraigo" y "sacrificio". Félix habla de "hermanos". Félix habla, suda, encarna lucha. Una lucha ancestral.
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