Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosaalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.

La semana pasada estuvimos profundizando acerca de la preocupación. Te conté cómo afecta tu salud, y no trae realmente nada bueno a la mesa. Vivimos en una sociedad, donde estar preocupados es la vara para medir si algo me importa o no. Esta falacia no sólo nos enferma, sino que, además, nos aleja de la verdadera responsabilidad: nuestra responsabilidad fundamental es estar bien. Es estar saludables.

Si la preocupación me genera cortisol, y por ende me enferma, te voy a dejar cinco preguntas clave, para cortar este círculo vicioso y poder vivir de una forma que sea más amena.

Cinco preguntas para salir del círculo de la preocupación

La próxima vez que te descubras pensando una y otra vez en algo que te angustia mucho, te propongo hacer una pausa y preguntarte lo siguiente:

1.- ¿Esto está sucediendo ahora o estoy imaginando algo que podría suceder?

Distinguir los hechos de nuestras anticipaciones nos ayuda a recuperar perspectiva. Que algo sea posible no significa que sea inevitable.

2.- ¿Hay algo concreto que pueda hacer al respecto?

Si la respuesta es sí, elegí una acción pequeña y realista. No necesitás resolverlo todo hoy; necesitás identificar el próximo paso.

3.- ¿Estoy buscando una solución o estoy repitiendo el mismo miedo?

Esta es una de las preguntas que más me gustan. Porque en general, es la más común. Solemos preocuparnos por miedo, y no por esperanza. Una persona con fe, con esperanza, no suele preocuparse tanto.

Pensar puede ser útil, pero cuando damos vueltas sobre las mismas posibilidades sin obtener información nueva ni tomar decisiones, quizá necesitemos interrumpir ese círculo. Los miedos pasados suelen ser activadores naturales de las preocupaciones presentes.

"Siempre habrá decisiones que nos generen dudas", considera la autora.

"Siempre habrá decisiones que nos generen dudas", considera la autora.

4.- ¿Qué parte de esta situación no depende de mí?

Reconocer nuestros límites no es rendirse. Es dejar de gastar energía intentando controlar las decisiones ajenas, los acontecimientos pasados o los resultados que todavía no podemos conocer.

5.- ¿Qué necesito para recuperar la calma en este momento?

Quizá necesites caminar, respirar lentamente, hablar con alguien, escribir tus pensamientos, descansar o buscar ayuda profesional si la preocupación se volvió persistente y afecta tu vida cotidiana.

Estas preguntas no van a hacer desaparecer todos los problemas. Su propósito es ayudarte a cambiar la relación que establecés con ellos. Porque no se trata de dejar de pensar, sino de aprender a pensar de una manera que te ayude a vivir.

La vida está sucediendo ahora

Hay algo que me gustaría que recordemos: nunca vamos a conseguir que la vida sea completamente previsible.

Siempre habrá decisiones que nos generen dudas, personas cuyas respuestas no podamos controlar, proyectos que impliquen riesgos y situaciones que nos obliguen a cambiar nuestros planes. También están nuestros afectos, que al verlos mal, muchas veces caemos en preocupaciones. Lo que ignoramos muchas veces, es que nuestra preocupación, desde el punto de vista energético, sólo empeora las cosas. Si somos energía, y nuestra energía vibra en la frecuencia de la preocupación, le estamos dando la señal al campo energético, de qué ya perdimos toda fe, toda esperanza, de hecho, tenemos fe y esperanza en que todo va a salir mal, por eso nos preocupamos.

Esperar a que desaparezca toda incertidumbre para sentirnos en paz es una forma de postergar nuestra propia vida.

Podemos pasar años preocupándonos por nuestros hijos y no darnos cuenta de que necesitan, además de nuestros cuidados, nuestra presencia. Podemos preocuparnos tanto por conseguir dinero que terminemos olvidando para qué queríamos tenerlo. Podemos angustiarnos por alcanzar el éxito y, cuando finalmente logramos algo, descubrir que no supimos disfrutar del camino.

Por eso, hoy quiero invitarte a hacer algo diferente. Cuando aparezca una preocupación, no te castigues por sentirla. No te exijas tener una mente perfectamente positiva ni interpretes cada pensamiento negativo como un fracaso personal. Reconocé lo que estás sintiendo. Preguntate qué necesitás. Si hay algo que puedas hacer, hacelo. Si necesitás prepararte, preparate. Si necesitás pedir ayuda, pedila.

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Y si, después de haber hecho todo lo que estaba a tu alcance, la respuesta todavía no depende de vos, permitite descansar un poco de esa batalla mental. No tenés que resolver mañana todos los problemas de mañana. No tenés que sufrir hoy por cada posibilidad que te asusta. Y no tenés que convertir la preocupación en una forma de demostrar cuánto te importa tu vida.

Tu energía es valiosa. Tu atención es valiosa. El tiempo que tenés para vivir también lo es.

Aprender a cuidar tus pensamientos no significa creer que todo será perfecto. Significa dejar de dedicarle toda tu energía a lo que podría salir mal y empezar a invertirla en aquello que puede ayudarte a construir una vida mejor. Porque preocuparte no garantiza que las cosas salgan bien. No te protege de todos los errores ni te ofrece el control que buscás.

En cambio, aprender a ocuparte, actuar con conciencia y aceptar aquello que no depende de vos puede abrirte un camino mucho más saludable.

No permitas que el miedo a lo que podría pasar te robe la oportunidad de vivir lo que está pasando. La vida no te está esperando en el futuro, cuando hayas resuelto todas tus preocupaciones. La vida es esto que está sucediendo ahora. Y quizás el primer paso para vivirla de verdad sea comprender que no necesitás preocuparte por todo para poder ocuparte de lo que realmente importa.

Si quieres aprender mucho más sobre cómo gestionar este tipo de situaciones, te invito a que me sigas en Instagram @diosaalmica.

Con amor, Romi.

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