Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
¿Y si gran parte del sufrimiento que experimentamos no tuviera que ver con lo que nos está pasando, sino con todo aquello que imaginamos que podría pasar? Aprender a dejar de preocuparse no significa desentenderse de la vida, sino recuperar nuestra energía para hacer aquello que verdaderamente puede cambiarla.
Hay una costumbre profundamente arraigada en nuestra manera de vivir: preocuparnos. Nos preocupamos por el dinero que necesitamos, por el trabajo, por nuestros hijos, por la salud, por la pareja, por lo que va a pasar mañana y por aquello que podría salir mal dentro de unos meses. Nos preocupamos por las decisiones que tomamos, por las que no tomamos y hasta por situaciones que ni siquiera dependen de nosotros.
Y, mientras tanto, la vida sucede. El café se enfría sobre la mesa, los hijos crecen, los días pasan, las oportunidades aparecen y desaparecen. Nosotros, en cambio, muchas veces estamos tan ocupados imaginando futuros posibles que nos olvidamos de habitar el único tiempo en el que realmente podemos hacer algo: el presente.
Te invito a hacer un ejercicio. Pensá en las últimas cinco cosas que te preocuparon mucho. ¿Cuántas sucedieron tal como las habías imaginado? ¿Cuántas fueron tan terribles como pensabas? ¿Cuántas terminaron resolviéndose de manera completamente diferente? Es probable que descubras algo interesante: una parte importante de tu sufrimiento no nació de un acontecimiento real, sino de la película que tu mente construyó alrededor de una posibilidad.
Y acá aparece una pregunta que puede cambiar nuestra manera de vivir: ¿para qué sufrimos hoy por algo que todavía no sucedió? No estoy diciendo que no existan problemas reales, que no tengamos responsabilidades o que debamos ignorar las dificultades. Estoy hablando de algo diferente: de esa tendencia a repetir mentalmente un problema una y otra vez, como si pensar en él durante horas pudiera garantizar que todo salga bien. Porque hay diferencia entre reconocer un problema y convertirlo en el protagonista permanente de nuestros pensamientos.
Preocuparse es, muchas veces, intentar controlar mentalmente un futuro que aún no existe. Tenemos una reunión importante y comenzamos a imaginar que nos va a ir mal. Un hijo tiene un problema y nuestra mente se adelanta a todas las dificultades que podría tener. Queremos iniciar un proyecto, pero enseguida aparecen las preguntas: ¿y si fracaso? ¿y si pierdo dinero? ¿y si no soy capaz? ¿y si los demás me critican? En cuestión de minutos, podemos pasar de tener una oportunidad delante de nosotros a experimentar emocionalmente una cadena de desgracias imaginarias.
Lo curioso es que, mientras hacemos todo esto, sentimos que estamos siendo responsables. Creemos que preocuparnos demuestra cuánto nos importa algo, cuánto amamos a alguien o cuánto nos comprometemos con nuestros objetivos. Como si sufrir fuera una prueba de amor. Como si vivir en estado de alerta fuera una garantía de que nada malo va a suceder. Pero, ¿desde cuándo sufrir más nos prepara mejor para la vida?
Podemos amar profundamente a nuestros hijos sin pasar el día imaginando que algo malo les va a ocurrir. Podemos cuidar nuestra economía sin anticipar mentalmente nuestra ruina. Podemos comprometernos con nuestro trabajo sin vivir aterrorizados por la posibilidad de equivocarnos. La preocupación no es una medida de cuánto nos importa algo. Y, sobre todo, no es una garantía de que podamos evitar aquello que tememos.
Lo único que conseguimos es vivir dos veces el mismo acontecimiento: primero en nuestra imaginación y, si finalmente sucede, en la realidad. Y, si nunca sucede, habremos invertido tiempo, energía y bienestar en un sufrimiento que no necesitábamos atravesar.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando nos preocupamos constantemente? Nuestro cerebro no funciona de manera aislada del cuerpo. Los pensamientos, las emociones y la interpretación que hacemos de las situaciones participan en nuestra respuesta fisiológica al estrés.
Cuando percibimos una situación como amenazante, difícil o fuera de control, el organismo puede activar mecanismos de alerta. Entre otras respuestas, se liberan hormonas como el cortisol, que participa en la preparación del cuerpo para afrontar una demanda. Esta respuesta no es mala en sí misma. De hecho, es necesaria para la supervivencia. Ante un peligro real, necesitamos que nuestro organismo reaccione y nos prepare para actuar. El problema aparece cuan-do esa activación se prolonga y nos cuesta recuperar la calma.
La preocupación persistente puede mantenernos en un estado de tensión, como si tuviéramos que resolver una emergencia permanente. Aunque estemos sentados en el sillón de nuestra casa, nuestra mente puede estar librando una batalla con diez escenarios futuros diferentes. El cuerpo, entretanto, puede manifestar las consecuencias del estrés: tensión muscular, alteraciones del sueño, irritabilidad, dificultades para concentrarse, molestias digestivas o sensación de agotamiento. El estrés crónico también se asocia con mayores riesgos para la salud física y mental.
Cuando hablamos de la importancia de dejar de preocuparnos, no estamos hablando sólo de tener una actitud más positiva. Estamos hablando de aprender a relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos y de permitir que nuestro organismo salga del estado de alerta cuando ya no es necesario. No se trata de eliminar el cortisol de nuestra vida. Lo necesitamos para funcionar. Se trata de no alimentar innecesariamente un estado de es-trés constante.
Pensalo así: si cada mañana te despertás y comenzás a repasar todo lo que podría salir mal, es posible que tu día empiece con una sensación de amenaza antes de que haya ocurrido absolutamente nada. Y cuando vivimos así, nos queda menos espacio para disfrutar, crear, pensar con claridad y tomar decisiones. No podemos tener una vida plena si la mente está permanentemente ocupada intentando defendernos de un futuro imaginario.
Hay una frase que me parece fundamental para comprender este tema: preocuparse y ocuparse son dos cosas completamente diferentes. Preocuparse es pensar repetidamente en un problema, anticipar consecuencias y experimentar temor frente a lo que podría suceder. Ocuparse es reconocer la situación, evaluar las alternativas disponibles y realizar las acciones que están a nuestro alcance.
Si te preocupa tu situación económica, podés pasar horas imaginando que no vas a llegar a fin de mes. O podés sentarte, revisar tus números, identificar gastos, buscar nuevas oportunidades de ingresos y diseñar un plan. Si te preocupa una conversación pendiente con tu pareja, podés imaginar durante días todas las respuestas que podría darte. O podés encontrar un momento adecuado para hablar con honestidad y escuchar lo que la otra persona tiene para decir.
Si te preocupa tu salud, podés pasar noches enteras buscando síntomas y anticipando diagnósticos. O podés consultar a un profesional, realizar los controles correspondientes y tomar decisiones informadas.
En todos estos casos, la preocupación puede parecer una actividad productiva porque mantiene nuestra mente ocupada. Sin embargo, pensar mucho en algo no significa estar haciendo algo para resolverlo. La acción concreta, en cambio, nos permite recuperar una parte de nuestra capacidad de decisión. Ocuparse no significa estar permanentemente haciendo cosas. También significa saber cuándo dejar de luchar contra aquello que no podemos controlar.
Cuando hablamos de éxito, solemos pensar en dinero, proyectos, crecimiento profesional o realización personal. Pero, hay algo que pocas veces tenemos en cuenta: el estado interno desde el cual intentamos construir todo eso. Una persona que vive dominada por el miedo puede tener grandes ideas, pero postergar el momento de llevarlas a la práctica. Puede estudiar durante años sin animarse a comenzar. Puede esperar a sentirse completamente preparada antes de dar el primer paso. Puede abandonar una oportunidad porque interpreta la incertidumbre como una señal de que algo va a salir mal.
La preocupación también puede llevarnos a revisar una decisión tantas veces que terminamos paralizados. Queremos estar seguros antes de actuar, pero como la vida no ofrece garantías absolutas, nunca encontramos el momento. En-tonces esperamos. Esperamos tener más dinero, más tiempo, más confianza, menos miedo y mejores condiciones. Y, mientras esperamos, la vida sigue avanzando.
Romina Atencio
Esto no quiere decir que toda precaución sea negativa. Analizar riesgos, planificar y evaluar las consecuencias de nuestras decisiones es indispensable. La diferencia está en que la planificación busca prepararnos para actuar, mientras que la preocupación repetitiva puede mantenernos girando alrededor de los mismos temores sin llegar a ninguna conclusión.
El éxito requiere objetivos, preparación, perseverancia y capacidad para aprender de los errores. Necesita que podamos tolerar cierta incertidumbre, porque ningún proyecto importante viene acompañado de una garantía de que todo saldrá justo como esperamos.
Si queremos crear una vida diferente, tenemos que aprender a actuar aún cuando no tenemos las respuestas. Tal vez no necesites eliminar el miedo para empezar. Tal vez necesites dejar de esperar a que desaparezca. Podés sentir miedo y avanzar. Podés tener dudas y tomar una de-cisión razonable. Podés reconocer que existe la posibilidad de equivocarte y, aun así, darte la oportunidad de intentarlo.
Porque el verdadero obstáculo no siempre es la posibilidad de fracasar. A veces es el tiempo que pasamos imaginando el fracaso sin permitirnos ver que pasa si lo intentáramos.
Desde una mirada más espiritual, la preocupación también puede invitarnos a observar nuestra relación con el control. Muchas veces queremos tener todas las respuestas antes de avanzar. Necesitamos saber cómo va a terminar una historia, qué decisión tomará otra persona, cuánto vamos a ganar, qué sucederá en un año y si lo que deseamos se cumplirá. Queremos conocer el resultado antes de aceptar el camino. Pero la vida no funciona así.
Hay etapas en las que podemos planificar, organizar y actuar. Y hay otras en las que necesitamos aprender a esperar, adaptarnos y confiar en que podremos encontrar recursos para afrontar aquello que aún desconocemos.
Confiar no significa sentarse a esperar que el universo resuelva todos nuestros problemas. Tampoco significa negar la realidad, ignorar los riesgos o creer que todo lo que deseamos va a suceder necesariamente. Confiar significa reconocer que no necesitamos tener el control absoluto para seguir adelante. Significa comprender que, aunque no podamos elegir todas las circunstancias, podemos desarrollar herramientas para responder a ellas. Que somos capaces de aprender, pedir ayuda, modificar el rumbo y volver a empezar.
A veces, la paz no llega cuando conseguimos todas las respuestas, sino cuando dejamos de exigirnos tenerlas. Y quizá una parte importante del crecimiento personal consista justamente en eso: aprender a distinguir entre aquello que necesita nuestra intervención y aquello que necesita nuestra aceptación.
Hay cosas que podemos cambiar. Otras requieren paciencia. Algunas necesitan que pongamos límites y otras que soltemos expectativas que nos están haciendo daño. No tenemos que resolver toda nuestra vida hoy. No necesitamos anticipar cada dificultad para demostrar que somos adultos responsables. Y no tenemos que vivir angustiados para merecer que las cosas nos salgan bien.
La semana que viene voy a seguir ahondando en este tema, y te voy a regalar cinco preguntas clave para salir del círculo de la preocupación. Porque no se trata de dejar de pensar, sino de aprender a pensar de una manera que te ayude a vivir. Con amor, Romi.
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