Que nos dejemos de joder con tanto feminismo, que tampoco es para tanto y que ahora ya ni se puede hablar de los culos de las mujeres porque saltan las feminazis y te la pudren.
¿Qué es lo que jode? ¿Qué te jode particularmente a vos que estás leyendo esto para indignarte y sumar argumentos a tu hinchamiento de bolas? ¿Te jode que te recordemos que las mujeres no somos propiedad de nadie, ni inferiores, ni objetos de placer? ¿Te jode que no nos interese tu opinión sobre nuestros culos? ¿Te jode que pongamos la lupa en que hay un femicidio cada 18 horas en la Argentina y que vos no termines de entender la relación entre esas cifras aberrantes y tu machismo?
¿Y a vos, que sos mujer, qué te jode? ¿Te jode que otras luchemos por tus derechos mientras vos te dedicás a indignarte porque pintaron con aerosol una pared? ¿Te jode que te puedan confundir con una feminista y entonces tengas que aclarar que sos “femenina, pero no feminista”?
A mí también me joden muchas (demasiadas) cosas. En estos días, me jodieron tres situaciones en particular:
1. En Radio Metro un oyente llamó y salió al aire para contar su “infidelidad”. Relató que conoció a una chica en Cancún, cuando estaba de vacaciones. A medida que profundizaba su relato, el aire se iba poniendo raro (al menos para los que escuchábamos) porque no quedaba claro si la mujer objeto de su infidelidad había consentido el encuentro sexual o no. Para los conductores también se puso raro. Entre risas (¡!), uno de ellos se animó a preguntar: “Estamos hablando de común acuerdo ¿no?”. Silencio. Y más risas. El muchacho, canchero, sigue contando. Entonces, una de las mujeres de la mesa vuelve a preguntar si fue sexo consentido. “La tacleé”, respondió él. Sin intención de cortar la comunicación, los conductores preguntaron si ella quiso ser tacleada. “No, no sé”. Después le preguntaron si fue el único “tacle” en Cancún y si fue “lindo”. Entonces el oyente dijo que sí. “Yo me la estaba comiendo. Y viene otro amigo, me la saca y se la empieza a comer él”. Para esta altura, entre risas y sirenas de patrullero, lo despidieron. Y la conclusión de los conductores fue no menos aberrante: “¿La chica está viva?”, se preguntó una. “Entre otros delitos, el engaño era lo menos grave”. “Yo no quise preguntar más…”. Y todo, en medio de risas, con la complicidad de pre adolescentes que se cuentan la primera masturbación.
Un varón relata una violación al aire, en vivo, en una de las radios más escuchadas del país y nadie parece tener las herramientas (¡o el sentido común!) para frenarlo y, en el mejor de los casos, cortar la comunicación en seco. Nadie. Ni tampoco nadie supo manejar la situación después, intentando, al menos, dar un mensaje condenatorio. Tres días después, como consecuencia de las obvias repercusiones en las redes sociales, la radio emitió un comunicado de disculpas. Tres días después. Y Wainraich pidió disculpas.
2. La semana pasada se supo que un ex policía, perteneciente al equipo del ministerio de Seguridad bonaerense, estaba desaparecido y su familia nada sabía de él. Su mujer y su hijo salieron en los canales de televisión para visibilizar la desaparición. El hombre apareció dos días después: su camioneta estaba en el Hipódromo de Palermo y él deambulaba cerca de allí, en aparente estado de shock. Después, el hombre escribió unas disculpas públicas a su familia y reconoció tener “una enfermedad”.
La aparición del funcionario, sano y salvo, me recordó a las mujeres (adolescentes y adultas) que estuvieron desaparecidas unos días y, tras la preocupación de sus familias y la mediatización de los casos, finalmente aparecieron. Sanas y salvas. Y recordé la reacción virulenta en las redes y hasta en los medios de comunicación que parecen ¿decepcionados? ¿indignados? porque ellas aparecieron vivas y no violadas, empaladas, descuartizadas en una bolsa de basura (o todo eso junto). Así, parece que las mujeres merecemos ser castigadas si nos portamos mal: si salimos “solas”, si nos vestimos de manera “provocativa”, si no avisamos donde vamos. Pero los hombres, no. Los hombres no se portan mal. Los hombres, a lo sumo, son pobres enfermos. O piolas que dicen que se van a comprar cigarrillos y se fueron con otra mina.
3. Una revista de gran tirada nacional propone un juego divertidísimo. “Armá tu chongaza por U$S 1000”. Es que si siempre soñaste con la famosa de tu vida, esta es la oportunidad de armarla. No es un eufemismo. El jueguito propone que los varones y/o mujeres armen una especie de Frankestein con los culos, las tetas, las caras y las piernas de distintas famosas. ¡Y por no más de mil dólares!
La mujer como mercancía. La carne de la mujer como mercancía. Los cachos de carne de la mujer como mercancía. Eso propone esta revista y recibe una decena de comentarios de mujeres que, claro, repudian la publicación. Pero también recibe comentarios de otras mujeres dispuestas (incluso más que los hombres) a armar su “chongaza”. Mujeres que cosifican a mujeres. Mujeres que se autocosifican. Mujeres que critican a las mujeres que repudiaron la publicación.
Lo que nos jode a las mujeres que desde nuestros roles creemos aportar un mínimo grano de arena a la inmensidad de esta lucha es que desde espacios de poder ninguneen lo ganado y coarten lo que aún falta ganar. Y, peor aún, que hombres y mujeres, iguales a nosotras, faciliten y alimenten ese menosprecio. No pueden vislumbrar siquiera el daño que causan. Acaso lo comprendan cuando les toque de cerca, cuando el machismo los pellizque, los sacuda. Mientras tanto, seguirán siendo un obstáculo. Un obstáculo más a derribar.
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