La autora es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosaalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Durante años nos enseñaron a temerle a la menopausia. Como si fuera una sentencia inevitable. Como si llegar a esa etapa significara automáticamente aumento de peso, agotamiento, tristeza, insomnio, irritabilidad, sofocos eternos y una desconexión total de nosotras mismas. Y aunque muchas mujeres realmente atraviesan síntomas intensos -y merecen ser escuchadas y acompañadas- también existe otra verdad de la que se habla poco: no todas las mujeres viven la menopausia igual.
Porque la menopausia no es una enfermedad. Es una transición natural del cuerpo femenino. Entonces, ¿por qué pareciera que estamos condenadas a sufrirla?
Creo profundamente que muchas veces no es la menopausia lo que duele. Lo que duele es llegar vacías a ella. Llegar agotadas después de décadas de estrés. Después de años de dormir mal. De vivir aceleradas. De sostener a todos menos a nosotras mismas. De comer apuradas. De desconectarnos del cuerpo. De callar emociones. De postergarnos tanto... que un día el cuerpo simplemente empieza a gritar lo que el alma viene intentando decir hace años. Y entonces aparecen los síntomas. Pero tal vez el problema no sea únicamente hormonal. Tal vez también sea emocional, nervioso, energético, alimenticio y profundamente humano.
Hoy sabemos que el cuerpo femenino está íntimamente conectado con el sistema nervioso. Que el estrés crónico altera el cortisol y que eso impacta directamente en nuestras hormonas. Que la inflamación causada por una alimentación ultraprocesada puede intensificar síntomas. Que el descanso insuficiente, la desconexión emocional y el exceso de exigencia también tienen consecuencias físicas reales.
Por eso creo que necesitamos empezar a hablar de la menopausia desde un lugar más integral y menos catastrófico.
-No para negar los síntomas.
-No para romantizar procesos difíciles.
-Y mucho menos para culpabilizar a quienes la están pasando mal. Sino para abrir una puerta distinta: la posibilidad de atravesar esta etapa de otra manera.
Porque sí, existen mujeres que llegan a la menopausia sintiéndose fuertes, vitales, conectadas consigo mismas. Mujeres que casi no tienen síntomas o que los atraviesan de forma leve y transitoria. Y eso también merece ser contado.
-No todas vivimos igual.
-No todos los cuerpos tienen la misma historia.
-No todas cargamos el mismo nivel de estrés, inflamación, agotamiento o dolor emocional.
Por eso comparar experiencias entre mujeres puede ser tan injusto como dañino.
Necesitamos dejar de instalar la idea de que sufrir es obligatorio. Porque muchas veces, cuando el cuerpo está acompañado, nutrido y escuchado, cambia completamente la experiencia.
La alimentación importa. El movimiento importa. La regulación emocional importa. La salud hormonal importa. El descanso importa. La forma en la que vivimos nuestra feminidad importa. Y también importa algo mucho más profundo: la relación que tenemos con nosotras mismas.
Hay mujeres que llegan a esta etapa creyendo que están perdiendo juventud, belleza o valor. Como si la menopausia fuera un final. Pero quizás sea exactamente lo contrario. Quizás sea el inicio de una etapa más auténtica. Más sabia. Más libre. Más alineada con quienes realmente somos.
Porque después de tantos años viviendo para afuera, muchas mujeres empiezan finalmente a volver hacia adentro.
-Y tal vez ahí esté el verdadero cambio.
-No en pelear contra el cuerpo. Sino en aprender a escucharlo.
- No en vivir la menopausia como un castigo.
Sino como una invitación. Una invitación a desacelerar. A sanar. A priorizarnos. A dejar de sobrevivir para empezar a habitar nuestra vida de una forma más consciente.
La menopausia no tiene por qué convertirse automáticamente en sufrimiento. Y quizás haya llegado el momento de empezar a decirlo.
Con amor, Romi.
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