La escuela N° 17 en Daireaux, provincia de Buenos Aires, quedó aislada por las torrenciales lluvias que se registraron el fin de semana. La situación desesperó a la maestra Elizabeth Jaume, quien honró el Día del Maestro dando una verdadera lección. Pensó en varias alternativas para que los alumnos no perdieran las clases. Los caminos pantanosos y anegados no fueron un freno, sino una oportunidad para llamar a la colaboración vecinal.
Los propietarios de la Estancia Tunquelén la ayudaron a improvisar un pequeño salón en donde pudiera dar las clases, junto a su compañera Yanina que da clases en el jardín y está en una casilla con los pequeños.
“Es un sacrificio enorme porque estamos aislados”, contó en diálogo con América 24. Junto a Yanina van toda la semana y se quedan allí para dictar las clases en un contexto adverso, de soledad por la lejanía, pero acompañadas por los chicos que todos los días las esperan: “Hay ocho chicos de primaria y cinco de jardín”.
“Sólo se pasa de camioneta, son 85 kilómetros que hacemos por tierra, entre el campo y ahí te encontrás con lo que quieras: pozos y lagunas”, describió.
Jaume aseguró estar acostumbrada y llevar la enseñanza “en el alma” debido a que toda su familia es “docente rural”.
El salón es precario: las mesas son armadas con caballetes y tablones y los alumnos guardan los libros en una heladera rota que sirve como biblioteca.
“Si uno no llega hasta ahí, ellos no pueden salir. Cuando uno toma un cargo en el campo, suelen suceder esas cosas, pero me encanta ir porque nos esperan”, afirmó.
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