Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Hay momentos en la vida en los que, aunque aparentemente todo esté bien, algo adentro empieza a hacer ruido. Tenés trabajo, familia, responsabilidades, una agenda llena y una lista interminable de cosas que resolver. Cumplís con lo que se espera de vos y, desde afuera, quizás tu vida se vea exacta-mente como la imaginaste alguna vez. Sin embargo, aparece una pregunta que al principio puede ser apenas un susurro, pero que con el tiempo empieza a hacerse cada vez más fuerte: ¿para qué?
¿Para qué hago todo esto? ¿Es esta la vida que realmente quiero vivir? ¿En qué momento dejé de preguntarme qué necesito yo para empezar a ocuparme solamente de lo que necesitan los demás? Quizás una de las preguntas más difíciles que podemos hacernos no sea qué queremos conseguir, sino qué sentido tiene para nosotros la vida que estamos construyendo.
Porque podemos alcanzar objetivos y seguir sintiéndonos vacíos. Podemos conseguir el trabajo que soñábamos y descubrir que no nos hace felices. Podemos estar en pareja y sentirnos profundamente solos. Podemos formar una familia y, en medio de todas las responsabilidades, preguntarnos en qué momento dejamos de saber quiénes somos. Podemos tener una casa, estabilidad, proyectos, viajes y fotografías que muestran una vida maravillosa y, aun así, sentir que falta algo.
Y muchas veces ese “algo” no tiene que ver con conseguir más. Tiene que ver con encontrar significado.
Durante muchos años podemos vivir siguiendo un guión que ni siquiera escribimos nosotros. Hacemos lo que aprendimos que había que hacer, buscamos cumplir expectativas, intentamos ser buenas madres, buenas parejas, buenas hijas, buenas profesionales, buenas amigas y, casi sin darnos cuenta, vamos construyendo una vida alrededor de todas esas versiones de lo que creemos que deberíamos ser.
El problema aparece cuando un día nos detenemos y descubrimos que no sabemos muy bien qué queremos nosotros.
¿Quién soy cuando dejo de intentar cumplir las expectativas de los demás? ¿Qué elegiría si no tuviera que demostrarle nada a nadie? ¿Qué parte de mi vida elegí realmente y cuál simplemente fui aceptando porque era lo que se esperaba de mí?
Quizás una de las grandes trampas de vivir en automático sea que podemos pasar mucho tiempo funcionando perfectamente mientras nos sentimos profundamente desconectados de nosotros mismos. Seguimos adelante porque hay que seguir adelante, resolvemos porque hay que resolver, cumplimos porque hay que cumplir, pero dejamos de escuchar esa voz interna que intenta decirnos que algo necesita cambiar.
Y no siempre se trata de hacer una revolución. A veces se trata simplemente de volver a escucharnos.
Cuando hablamos de propósito solemos imaginar una especie de gran descubrimiento. Como si en algún momento de nuestra vida fuéramos a tener una revelación y de repente supiéramos exactamente para qué nacimos, qué tenemos que hacer y hacia dónde tenemos que ir. Pero quizás no funcione de esa manera.
Quizás el sentido de nuestra vida no sea algo que encontramos de una vez y para siempre, sino algo que vamos construyendo a medida que nos conocemos, que atravesamos experiencias, que nos equivocamos, que cambiamos y que descubrimos nuevas partes de nosotros mismos.
Nuestro propósito puede transformarse porque nosotros también nos transformamos. Lo que tenía sentido a los 20 puede dejar de tenerlo a los 40. Aquello que alguna vez fue una prioridad puede perder importancia y algo que antes ni siquiera considerábamos puede comenzar a ocupar un lugar central. Y eso no significa que estemos perdidos. Significa que estamos creciendo.
Por eso, en lugar de preguntarnos únicamente “¿cuál es mi propósito?”, quizás podríamos empezar por preguntas mucho más profundas: ¿Qué experiencias me hicieron sentir verdaderamente viva? ¿Qué cosas me apasionan? ¿Qué actividades hacen que pierda la noción del tiempo? ¿Qué situaciones despiertan mi sensibilidad? ¿Qué injusticias me movilizan? ¿Qué sé hacer naturalmente? ¿Qué aprendí de las cosas que me dolieron? ¿Qué podría aportar a otras personas desde aquello que soy y desde aquello que atravesé?
Porque muchas veces nuestro propósito no está escondido en algún lugar lejano. Está entre las cosas que ya vivimos.
También necesitamos liberarnos de la idea de que tener propósito significa necesariamente desarrollar una gran carrera, crear una em-presa, escribir un libro o hacer algo extraordinario que deje nuestro nombre en la historia. Una vida significativa no siempre parece extraordinaria desde afuera.
Hay personas que encuentran sentido en criar a sus hijos. Otras en enseñar, crear, acompañar, cuidar, investigar, viajar, emprender o ayudar a otros. Algunas encuentran propósito en transformar una historia familiar, en sanar determinadas heridas, en aprender algo nuevo o simplemente en convertirse en una versión más consciente de sí mismas. No existe una única manera correcta de vivir una vida con sentido. Existe la que tiene sentido para vos.
Y para descubrirla necesitamos, muchas veces, detenernos. Porque vivimos en una época en la que estamos permanentemente estimulados: mensajes, redes sociales, noti-cias, obligaciones, opiniones, comparaciones y objetivos. Tenemos infinidad de herramientas para estar conectados con el mundo, pero eso no necesariamente significa que estemos conectados con nosotros mismos.
¿Cuánto tiempo hace que no te preguntás qué querés realmente? No qué deberías querer. No qué sería más conveniente. No qué esperan los demás. ¿Qué querés vos?
Romina Atencio
Quizás por eso necesitamos recuperar los espacios de silencio y de introspección. No necesariamente para encontrar respuestas inmediatas, sino para volver a escuchar las preguntas que habíamos dejado de hacernos.
Los rituales pueden ser una manera simbólica de generar esos espacios. No hace falta creer que un ritual tiene poderes mágicos ni que una determinada fecha va a transformar nuestra realidad. Podemos simplemente utilizar determinados momentos, como una luna llena, un cambio de estación, un cumpleaños o el comienzo de un nuevo ciclo, como una invitación a detenernos y mirar nuestra vida con mayor conciencia.
La luna llena puede convertirse, entonces, en una excusa para preguntarnos qué necesitamos cerrar, qué estamos sosteniendo por miedo, qué relaciones ya no nos hacen bien, qué situaciones necesitamos dejar atrás y qué versión de nosotros mismos es-tamos intentando mantener viva aunque ya no nos represente.
Pero también podemos mirar hacia adelante: ¿qué quiero crear? ¿Cómo quiero sentirme? ¿Qué quiero experimentar? ¿Qué estoy postergando? ¿Qué parte de mi vida necesita más presencia? ¿Qué haría diferente si el mie-do no pudiera tomar las decisiones por mí?
Quizás el ritual no cambie mágicamente nuestra vida. Pero puede cambiar nuestra mirada. Y a veces eso es suficiente para comenzar.
Uno de los mayores obstáculos para encontrar nuestro camino es creer que primero tenemos que saber exactamente hacia dónde queremos ir. Esperamos tener claridad absoluta, seguridad, certezas y garantías antes de dar el primer paso.
Pero la vida rara vez funciona así. Muchas veces la claridad aparece después de empezar a caminar.
Tal vez no necesitás saber exactamente cuál es tu propósito. Tal vez necesitás descubrir qué dirección ya no querés seguir. Tal vez no necesitás transformar toda tu vida, sino tomar una pequeña decisión que esté más alineada con quien sos hoy. Tal vez no necesitás tener certezas, sino animarte a escuchar esa incomodidad que hace tiempo intenta mostrarte que algo necesita cambiar.
Porque el sentido de la vida no siempre aparece cuando encontramos nuestro destino. A veces aparece cuando dejamos de vivir una vida que ya no nos representa.
Y quizás por eso la pregunta más importante no sea “¿cuál es mi propósito?”, sino una mucho más incómoda y, al mismo tiempo, mucho más liberadora: si nadie esperara nada de mí, si no tuviera que demostrarle nada a nadie y si el miedo no pudiera decidir por mí, ¿cómo elegiría vivir?
Quizás todavía no tengas la respuesta. Pero tal vez, por primera vez en mucho tiempo, hayas empezado a hacerte la pregunta correcta. Y algunas veces, el verdadero comienzo no está en encontrar el camino, sino en decidir que ya no queremos seguir caminando por uno que no sentimos propio.
Con amor: Romi.
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