El 25 de marzo de 1957, potencias del Viejo Continentes le dieron el puntapié inicial a la Comunidad que creció y se fortaleció a pesar de las distintas crisis que azotaron al mundo. Ahora, seis décadas después, ¿cuáles son las pruebas que deberán eludir las potencias para mantener la fortaleza de la región?

Un atentado sacudió el miércoles a Londres, causando un puñado de muertes y un gran caudal de heridos a escasos metros del Parlamento Británico. Especialmente, lo que se avivó, fue el temor, esa sensación que se disparó de forma elocuente en el inconsciente colectivo el 11 de septiembre de 2001 con la caída de las Torres Gemelas y que, a medida que pasa el tiempo, se profundiza de la mano de diferentes golpes que ponen en escena al Estado Islámico, ese bloque que se confeccionó en Medio Oriente a la par de la denominada “guerra contra el Terrorismo” que impulsa Occidente.

La tragedia se enmarca en la misma semana en la que la Unión Europea cumple los 60 años desde la firma del Tratado de Roma, puntapié inicial para abrir las tratativas que derivaron en la creación de una estructura continental que creció durante toda la parte complementaria del Siglo XX con la premisa de quebrar los habituales resquemores entre las distintas potencias del Viejo Continente. La idea, aquel 25 de marzo de 1957, era simple: buscar que reine la paz tras la masacre que significó, fundamentalmente, la Segunda Guerra Mundial. Apelar al diálogo y la fraternidad, erradicando las diferencias sustanciales.

Pero, seis décadas después, luego de atravesar dramas políticos, sociales y económicos complejos con cierta solidez, hoy, ese pánico elemental que fomentan los ataques hace mella y permite, en consonancia, resaltar un ferviente nacionalismo multiplicado por los distintos rincones. Así la situación, lejos de aquella intención de apelar a una sostenida apertura, la pauta es más bien la contraria: abroquelarse en el propio terreno.

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La salida de Gran Bretaña de la zona Euro, en plenas tratativas, dio un baño de realidad a un esquema que se fue debilitando con el correr del tiempo y que perdió la vitalidad de los argumentos que lo hicieron precursor de un cambio de época a mediados del siglo pasado, con el viento de cola de la recuperación post conflicto armado en alianza con Norteamérica.

¿Cuáles eran esas razones de antaño?

El preámbulo del acuerdo rubricado en Roma en aquel instante indicaba, con certeza, que los países participantes estaban "determinados a establecer los fundamentos de una unión sin fisuras más estrecha". La piedra fundacional la ponían sólo seis naciones: Francia, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, Italia y la República Federal de Alemania. Años después, a ese boceto denominado Comunidad Económica Europea (CEE) se le irían incluyendo un número considerable de pares hasta llegar a la treintena que ostenta desde el tratado sellado en 1993 y que estableció la auténtica Unión Europea.

En ese lapso, a la par de la explosión tecnológica y la reestructuración del orden mundial con el advenimiento del neoliberalismo, el Viejo Continente rejuveneció y se acopló a un Estados Unidos en franco dominio al salir victorioso de la Guerra Fría. Y por eso, encontró la forma de competencia con la amalgama de las fuerzas a medida que transcurrieron los años, siendo el establecimiento del Euro como moneda común un paso trascendental en pos de ese objetivo.

Lo que fue una apertura simplemente para desarrollar un mercado común, en el que la clave pasaba por concretar una unión aduanera para diferentes productos, siguió con la conformación, evidenciado el éxito, de un arancel común para aquellas transacciones con otros países del mundo. Ese puntal habilitó, en la faceta económica, todo un tendal de modificaciones de gran calibre en el plano social. Por eso, ya madura la estructura, interviniendo en diversos sectores, alcanzó su zenit con la administración de competencias estrictamente políticas. Así es como, ya a fines de los 80’, y encausado el panorama hacia el tratado de inicios de los 90’, se generó un comité que derivó en el Parlamento Europeo, con delegados de todas sus partes intervinientes. Y, a su vez, el elemento de un Tribunal de Justicia. Era, a fin de cuentas, un todo más que las sumas de las partes, que, pese a las divergencias, hallaban una meta común.

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Sin embargo, la actualidad rompió esa especie de tranquilidad que mostraba al territorio con un leve pero sostenido crecimiento. Y el factor del miedo se torna un eje vital, pues la xenofobia está a la orden del día y las inmigraciones masivas escapando de los distintos conflictos armados a nivel mundial, que tienen como destino a su espacio, son un tema de discusión en cada proceso eleccionario.

A ese caldo de cultivo se lo alimenta con discursos incendiarios que ponen en consideración un rumbo que se trastocó. Por caso, vale el ítem expuesto por la propia Le Pen, candidata de la extrema derecha en el país galo, a algunas semanas de la votación que la muestra primera en las encuestas.

Sin atenuantes, señaló: “Este despertar de los pueblos es histórico. Significa el fin de un ciclo. El viento de la historia giró y nos llevará a la cumbre. Voy a poner a Francia en orden”. Sin atenuantes, señaló: “Este despertar de los pueblos es histórico. Significa el fin de un ciclo. El viento de la historia giró y nos llevará a la cumbre. Voy a poner a Francia en orden”.

Esa idea se repite en distintos puntos del continente, propiciando un proteccionismo que desarticula, justamente, las bases del espacio supranacional que se generó en la década del 50’ con la firma de un acuerdo que, de tan necesario y urgente en su momento, tuvo a sus protagonistas poniendo la pluma en un documento en blanco, pues no se hizo a tiempo para imprimir sus hojas.

En 60 años los avatares fueron varios y de diferente intensidad en Europa: el mundo bipolar que ponía a Estados Unidos y a la Unión Soviética como protagonistas estelares, ubicándola en un segundo plano después de siglos como el centro del planeta. Las peleas internas, egos y procesos políticos en crisis mediante –desde el Mayo francés y De Gaulle hasta la dictadura franquista en España-, que hicieron que algunas piezas recién se unieran al bloque con cierto retardo, como por ejemplo la ahora proclive al alejamiento Gran Bretaña, que se acopló al sistema a inicios de los 70’. La denominada Crisis del Petróleo en 1973, que le puso un freno al notable crecimiento de las finanzas y dejó en jaque a todo el andamiaje de la mano del desempleo generalizado y una inflación galopante. La caída del Muro de Berlín, que sentenció la huella de la implosión del régimen soviético y la imperiosa necesidad, en tanto, de armar un rompecabezas de lo que quedó del mapa e impulsarse hacia delante. O, por último, la bancarrota ampliada de 2008 que se sintió en Norteamérica, repercutió con fuerza del otro lado del Atlántico y deja, aún hoy, a la deriva a algunos países más débiles en comparación, que se ven desprestigiados por aquellos que se consideran los motores de Europa y, en vez de tender una mano, allanan el camino para un resentimiento que se fortalece a cada instante.

Este elemento final es uno de los condicionantes que, en medio de la crisis, confeccionan un escepticismo notable, especialmente en las generaciones más jóvenes, carnada, a fin de cuentas, del complejo armado terrorista que vislumbra al Estado Islámico como pilar mientras éste se descascara en Medio Oriente, y que aprovecha las circunstancias de los denominados lobos solitarios para poner su firma en los atentados a la distancia. Así es como se retroalimenta el temor. Y se retroalimenta la xenofobia. Y se retroalimenta el nacionalismo. Y el círculo se cierra, mientras se suman muertos y heridos.

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