Este viernes, el 45° Presidente de la historia de los Estados Unidos comenzará su mandato hasta 2021. Cuáles son los desafíos que deberá afrontar y qué cambios instalará en función del líder saliente

Luego de ocho años en el poder, Barack Obama le cede el mando a Donald Trump, quien se erige como el presidente número 45 en la historia de Estados Unidos. Lo hace en medio de un presente convulsionado en el plano internacional, con un planeta inmerso en cambios profundos que abren una incógnita en todos los ámbitos y generan incertidumbre en torno a la dinámica política y económica a futuro. Ese panorama, a su vez, pone en cuestionamiento el andamiaje ensayado previamente y por eso la pregunta retumba con fuerza: ¿Cuál es y qué será del devenir del legado sostenido por el primer presidente afroamericano de la principal potencia mundial?

La respuesta encuentra, en principio, una variable en la foto actual de Norteamérica. Es que, como pocas veces, se resalta una polarización notable que halló una plataforma en las elecciones realizadas el 8 de noviembre pasado. Allí, el republicano que toma las riendas derrotó a Hillary Clinton, su contrincante demócrata, por escueto margen. Gracias al diseño representativo, pese a no contar con la mayoría de los votos de la población, aprovechó el gran caudal de electores por estados y concretó su victoria.

En el medio, una ferviente campaña que dividió las aguas y tiñó el mapa estadounidense: pinceló predominantemente de azul en las costas, e inundó de rojo gran parte del centro. A grandes rasgos, aquellos fueron los hombres y mujeres con un mayor poder adquisitivo y, fundamentalmente, con grados de estudios superiores. En contraposición, los otros, con menos recursos y un nivel escolar inferior.

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Estos últimos fueron, especialmente, los que allanaron el camino para que Trump llegara a la Casa Blanca y le dieran la espalda no sólo a su rival de turno sino, en mayor medida, a Obama, certificando un castigo por dos periodos presidenciales en los que, indican, no encontraron respuestas a sus demandas.

En ese punto se abroquela el saldo negativo en el balance de Obama. Es que en 2008, cuando se sentó en el Salón Oval, le estalló en la cara la burbuja financiera que ya había mostrado signos de agotamiento poco antes, en el cierre del ciclo de George W. Bush. El drama económico, a partir del colapso inmobiliario, dejó en el aire al sistema bursátil estadounidense y, en consecuencia, el global. Esa ausencia de liquidez obligó al presidente entrante a realizar un salvataje de magnitudes sobresalientes que permitió apaciguar el golpe en el esquema bancario y productivo.

Sin embargo, no fue suficiente y los problemas aún hoy se están sufriendo pese a que, después de ocho años, por caso, la tasa de desempleo en Estados Unidos bajó considerablemente de más de 10 por ciento a un más calmo 4 por ciento. Se trató de un paquete de más de 12 millones de puestos de trabajo que aliviaron tensiones pero que no movió el amperímetro general, pues se trató de labores de reducida calificación y con remuneraciones algo estancadas.

Así es como, lo que en un principio fue un empujón hacia delante que propició una mejoría para darle al país la posibilidad de levantar cabeza, desembocó luego en el fastidio de un sector de la sociedad que visualizó cómo se ayudaba en gran forma a algunos estamentos y se dejaba a la deriva a otros. Y por eso eligió cambiar de rumbo, tomando como propia la ilusión explayada por Trump de rejuvenecer la industria local dañada desde aquel entonces.

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Ese malestar del que sacó rédito el republicano fue acompañado por una sensación que, especialmente en el mismo rango, acompaña a EEUU desde tiempos inmemoriales y que no pudo quebrar, de una vez por todas, un presidente negro. Es que, si en un momento se pensó con erradicar la violencia racial de la mano del arribo de Obama a la Casa Blanca, lo concreto es que la realidad dio cuenta de otra historia, bien distinta: los conflictos se acrecentaron por periodos y todavía sigue existiendo esa dificultad. Las muertes de afroamericanos a manos de policías blancos fueron permanentes en distintos puntos del país.

Allí está, pues, una cuenta pendiente. Si bien como presidente intentó anular esa segregación, la pretensión se quedó en la teoría, ya que en la práctica desencadenó una bronca que hizo eclosión en las elecciones y que, por supuesto, terminó aprovechando con su tacto e histrionismo el propio Trump, un hombre que, en ese tema puntual, está en las antípodas, a tal magnitud que incluso en algún momento llegó a poner en duda la procedencia de Obama y su familia.

Pero, si con esa minoría la satisfacción no lo acompañó, otra fue la historia con los homosexuales. En el largo camino hacia la igualdad de género, el presidente saliente logró, a mediados de 2015, una ley histórica gracias al aporte de la Corte Suprema, que decretó, a nivel nacional, la posibilidad para concretar los matrimonios entre personas del mismo sexo. "Sobre todas las diferencias, somos todos iguales. No importan tus antecedentes, ni cómo comenzaste, como tampoco importa cómo y a quién amas. El amor es el amor y hoy podemos decir que Estados Unidos es una nación un poco más perfecta", fue la declaración de Obama en aquel instante de gloria.

Y en sintonía con esa alegría que recibió un gran caudal de críticas de esquemas conservadores,  surge a la vista lo que es considerada la punta de lanza del bloque republicano para anular en el corto plazo, una vez que el nuevo mandatario disponga sus políticas. La pauta es para el denominado Obamacare, el sistema de salud que le brindó la chance a millones de personas de acceder a la medicina de forma más barata, haciendo mella en la estructura privada que prevalece. La Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, tal su nombre, fue, a fin de cuentas, una grilla discutida que en 2012 movió el avispero político y económico y trastocó, al menos parcialmente, el juego del lobby en el plano médico.

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Durante la campaña, Trump puso en el centro de la escena esa cuestión y primero señaló que cortaría de cuajo el sistema y después optó por ser un poco más moderado y resaltar que alguna que otra pauta mantendría. Aún así, la lucha está establecida y en las próximas semanas se expondrá el destino.

Y si de lobby, justamente, se habla, hay uno para el que Obama no halló solución posible: el de la industria armamentística. La Asociación Nacional del Rifle es un baluarte de la historia norteamericana que certifica la importancia del uso personal de las armas. Y la Constitución Nacional cobija esa idea de la mano de la Segunda Enmienda. Es un ítem histórico que el Ejecutivo afroamericano no pudo lastimar y por eso el país con el ejército más grande del mundo puertas afuera, es el que más muertes provoca entre sus ciudadanos, puertas adentro, fundamentalmente por esta idiosincrasia cada vez más asentada.

Relación con el mundo

La principal potencial del mundo, como tal, es parte elemental y vital para que el planeta siga girando. Es que Estados Unidos se considera el puntal de la seguridad y los derechos humanos, fundamentalmente en occidente. Así es como, cualquier tipo de política aplicada, condiciona a gran parte de otros territorios.

En ese sentido, bajo la presidencia de Obama, Norteamérica siguió esa lógica, aunque viró su dinamismo si se lo compara con su predecesor, un Bush que había implicado al país en varias guerras, entre las que se cuentan las significativas de Afganistán e Irak.

Pues bien, su sucesor aplicó otro criterio y expuso la intención de retirar a las tropas de esos territorios con el correr del tiempo. Fue una premisa apoyada por un gran caudal de organismos. Y, con el simbolismo a cuestas, se le otorgó el Premio Nobel de la Paz en 2009.

Sin embargo, es algo que no se terminó de cerrar, pese a la notoria baja en cuanto a los hombres que saltaron al campo de batalla en Medio Oriente.  Por lo pronto, por aquellos lares se brindó la noticia que le iba a brindar mayor popularidad en casa. Fue el 2 de mayo de 2011, cuando se dio a conocer la muerte de Osama Bin Laden, el artífice de los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono una década antes.

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Pero la realidad exterior es compleja. Y ese saldo positivo tuvo, como contraposición, agudizado el drama en vastos terrenos de esa zona, la apertura de una caja de Pandora que derivó en la consolidación del Estado Islámico y el caldo de cultivo que hacen posar hoy todos los ojos en Siria, donde se desarrolla hace largos años una guerra civil de magnitud. Y ese problema es el que hoy pone al rojo vivo la rivalidad entre Rusia y Estados Unidos, algo que por caso tuvo ribetes hasta el final de la era Obama, entre los que se cuentan las sospechas de entrometimiento del país euroasiático en las elecciones de su par americano, y el inconveniente diplomático que evidencia un interrogante de relevancia para el nuevo ciclo.

Donde sí hubo un avance positivo, cerca de allí, es en la relación con Irán, pues en 2015 se allanó el camino para un acuerdo que alivia las tensiones sobre la cuestión de la producción nuclear, desactivando una alarma que se había encendido años atrás y que había provocado un enfriamiento en el vínculo entre ambas naciones de casi cuatro décadas.

Sin embargo, ese puntal provocó el cuestionamiento de Israel, habitual aliado norteamericano y típico rival iraní, dejando entrever una relación que por estos días se tensó más de la cuenta y que tuvo su salto más álgido con el discurso del Secretario de Estado, John Kerry, en contra del Estado hebreo en la problemática ya de antaño con Palestina.

¿Qué hizo Estados Unidos en esta ocasión, como una de las últimas políticas de Obama al frente de la presidencia? Se abstuvo en la votación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para sellar una resolución que llame al cese de la construcción de colonias israelíes en territorio palestino. No utilizó el poder de veto que había propiciado en otras ocasiones, y generó incertidumbre al por mayor en Medio Oriente.

Por lo pronto, Trump ya se inmiscuyó en este tema y prometió cambiar la sede de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén. Una modificación que le brinda un guiño a Israel y que propició resquemores en el bando contrario, pues se echa más leña al fuego en medio de la ciudad santa para las tres religiones monoteístas del planeta, que justo este año cumple cinco décadas del último gran conflicto armado que tuvo en vilo al mundo.

Más acá, el último legado de Obama tiene en el centro de las miradas a Cuba. Es que fue el primer presidente de EEUU, en un extenso periodo, en pisar esas tierras. Y lo hizo en pos de flexibilizar las tensiones y abonar un campo con miras a la conclusión del bloqueo impuesto hace casi 60 años. Fue un paso adelante que repercutió en toda Latinoamérica y que certificó, tras una mejoría en el vínculo tanto en plano comercial como humanitario, su capítulo final hace unos días, cuando, todavía presidente,  rompió con el esquema de pies mojados y pies secos, esa pauta que le brindaba a los cubanos arribados a Estados Unidos la residencia correspondiente, a diferencia de otros países limítrofes. Esa anulación sellada por Obama fue un guiño a su vecino, que confía en romper, de una vez por todas, con el embargo.

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¿Todo en orden? No. Trump ganó, fundamentalmente, con el apoyo en Miami del centro neurálgico del anticastrismo. Y, brindándoles la derecha, es factible, tal como lo anunció, que enfríe las relaciones y vuelva atrás con los avances de los últimos tiempos.

Así la situación, tanto en la cuestión local como internacional, Estados Unidos está frente a un cambio de época, una modificación que condicionará al mundo en general y que pondrá al legado de Obama, con sus brillos y oscuridades, en la palestra para confirmar qué relevancia tuvieron para la historia los ochos años en el poder del primer presidente negro de la principal potencia del planeta.

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