En medio de unos atentados que tuvieron por objetivos a extranjeros, las miradas se posan sobre Alternativa para Alemania, un partido político que gana adeptos con un discurso contra la inmigración, algo que se réplica en distintas partes del Viejo Continente

Un ataque terrorista, de tinte supremacista blanco, que dejó un saldo de una decena de muertos -en su mayoría extranjeros- en Hanau, ciudad cercana a Frankfurt, azuza viejos fantasmas que se creían olvidados en Alemania, justo cuando en el plano político se consolida un crecimiento notable de la ultraderecha, de la mano del partido, de clara tendencia xenófoba, Alternativa para Alemania.

Con un discurso netamente en contra de la inmigración, que se abrió camino en la opinión pública teutona gracias a la negativa sobre la integración territorial de Europa, la pequeña agrupación caló hondo en una sociedad que halló en su plataforma una vía de escape para expresar su malestar. Y apenas un puñado de años alcanzó para que se erigiera en uno de los bloques de mayor notoriedad en el Parlamento, generando un clima de tensión que preocupa a todo el arco político, pues consideran que esos argumentos explayados son los que propician el caldo de cultivo para los atentados.

Es que los ataques de este estilo se multiplicaron en los últimos meses, entre los que se cuentan, por ejemplo, el intento de ingresar a la fuerza a una sinagoga en Halle, en octubre, con muertos en la entrada; y el asesinato, en junio pasado, de Walter Lubcke, un político que se erigía en defensor de refugiados, en Hesse. Todos actos con una premisa establecida por parte de los victimarios: expresión de sentimientos racistas, apoyados en teorías conspirativas en las que los extranjeros tienen la culpa de todos los males de la sociedad.

Por eso en el centro de la escena está Alternativa para Alemania, precursor de muchas ideas ligadas a esos atentados, pese a los intentos de sus líderes en despegarse y resaltar que son meras acciones individuales, producidas por desequilibrios mentales específicos. El resto de los partidos, frente a ese panorama, lanzaron el pedido de un mayor control a esas filas, dándole protagonismo a los servicios de inteligencia, bajo el manto de la Oficina para la protección de la Constitución, para evitar peores consecuencias.

Sin embargo, esas expresiones de repudio, que se hicieron eco del último atentado, lejos estuvieron de ser la constante previamente. Por qué? En el juego de la política, donde todos se embarran, el bloque de ultraderecha fue trascendental para que llegara al poder un liberal y se evitara que ostente el gobierno un sector con raigambre de izquierda. El lugar fue Turingia, al este del país, donde hubo elecciones en octubre pero recién hace pocas semanas se consiguió formar alianzas, a partir de la paridad en la votación. Ese vínculo parlamentario, que amalgamo a Alternativa para Alemania con el Partido Liberal y la Unión Democrática Cristiana, le dio la jefatura a Thomas Kammerich. Pero hubo un revuelo tal que se vio obligado a renunciar y así es como se volverá a acudir a las urnas en el corto plazo.

Qué ocurrió? Con los atentados en la palestra, desde todos los sectores salieron al cruce de una coalición que no podía tener el aval de la ultraderecha. Era una línea roja que no se podía sobrepasar, tal el establecimiento del denominado "cordón sanitario", ese acuerdo tácito entre los políticos que evita darle protagonismo a grupos adeptos al nazismo.

Por caso, la canciller Angela Merkel fue contundente al expresar que "es un acto imperdonable" esa ligazon con Alternativa para Alemania. Pero el sacudon fue mayúsculo porque fue su partido, Unión Democrática Cristiana, el que le brindó el guiño a la ultraderecha para ganar terreno.

Las consecuencias, entonces, hicieron temblar todo también puertas adentro: las críticas arreciaron y se llevaron, como un vendaval, a varias piezas clave de su estructura, especialmente Annegret Kramp-Karrenbauer, presidenta del partido y quien se perfilaba como sucesora en la cancillería para el próximo año, cuando la dama fuerte del Viejo Continente deje su puesto tras casi dos décadas.

Esa situación dejó endeble a una Unión Democrática Cristiana que se ve obligada a mover fichas y encontrar un jugador con entereza, a sabiendas de las debilidades que ya se vienen observando desde hace unos años, cuando justamente Merkel abandonó la jefatura del partido, tras varios traspiés electorales, que se sucedieron por las mismas críticas que propiciaron el ascenso de la ultraderecha: el euroescepticismo -siendo Alemania el motor económico del continente- y el miedo a los extranjeros, especialmente los llegados de Medio Oriente -siendo Berlín la principal capital europea que abrió sus puertas a los refugiados en medio de las crisis humanitarias en aquella zona-.

La ola populista conservadora atraviesa todo el Viejo Continente y tiene voceros en distintos lares, ya sea Matteo Salvini en Italia; Marine Le Pen en Francia o incluso el extremo autoritario de Viktor Orban en Hungría. Sin embargo, en Alemania este clima hostil adquiere una reminiscencia distinta y hace posar los ojos en la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, que tuvo su punto culmine en el conflicto bélico, pero que supo construir sus cimientos desde mucho más abajo, en el plano discursivo, y con base en el Parlamento, dejándose llevar por una figura que extremó sentimientos que estaban presentes en la sociedad y hoy pueden volver a aflorar.

ADEMÁS:

Inhabilitan la candidatura de Evo Morales a Senador

Kristalina Georgieva: "Replanteamos consejos a los países emergentes"

Aparecen en esta nota:

Contacto

Registro ISSN - Propiedad Intelectual: En trámite - Domicilio Legal: Intendente Beguiristain 146 - Sarandí (1872) - Buenos Aires - Argentina Teléfono/Fax: (+5411) 4204-3161/9513 - internet@dpopular.com.ar

Edición Nro. 15739

Dirección

Propietario: Man Press S.A. - Director: Francisco Nicolás Fascetto © 2017 Copyright Diario Popular - Todos los derechos reservados