Las memorias del fútbol lo ubican al Virrey como un protagonista virtuoso que en el rol de entrenador supo exprimir al máximo las virtudes de los jugadores que dirigió, en un marco de simpleza inteligente

En estos días de pausa futbolística muy extendida por el fenómeno del Covid-19, suele apelarse a los recuerdos que se resignifican en el presente.

Carlos Bianchi es uno de los protagonistas siempre mencionados, más allá del rigor de la actualidad. Como si el tiempo transcurrido le fuera sacando más lustre a su relieve de entrenador. Por ejemplo, en Boca, su figura alcanza dimensiones con muy pocas equivalencias.

Solo Juan Carlos Lorenzo (el Toto Lorenzo) puede discutirle mano a mano la enorme gravitación que tuvo en las conquistas que logró Boca. El Loco Gatti siempre lo rescata junto al Flaco Menotti, Renato Cesarini y Osvaldo Zubeldía, como uno de los técnicos más influyentes del fútbol argentino.

Bianchi es muy probable que exprese la naturaleza del entrenador clásico. Sin veleidades vanguardistas ni sensible a las bondades del laboratorio futbolístico casi siempre promovido por los tecnócratas del ambiente.

“Si miran lo que hacemos con Carlos en un entrenamiento seguro que algunos se reirían. Tácticamente no hace un carajo. Es la verdad. Pero el tipo tiene las cosas claras y se hace entender enseguida”, declaró hace dos décadas Juan Román Riquelme en la revista Al arco. Y profundizó desde su perspectiva: “El nos pide que los defensores defiendan, que los del medio marquen y después ataquen y que los de arriba hagan goles”.

Riquelme redujo hasta la exageración el modelo que revelaba Bianchi. Un modelo de responsabilidades intransferibles, en el que nadie hace lo que no sabe hacer. Ni fútbol total ni fútbol con escaso nivel de compromiso colectivo. Todo lo contrario.

“El junto al Profe Santella nos llevaron a la elite del fútbol mundial”, comentó hace unos días el Patrón Bermúdez. Walter Samuel en una reciente entrevista en Ole abarcó un perfil amplio: “Admiraba cuando Bianchi se paraba delante del grupo el respeto que había y todos pendientes de lo que iba a decir. No es fácil de ganárselo. Era un señor. Y si te tenía que decir algo, te lo decía, a veces hasta con ironía. Después si tenía que corregir un error era más grupal. Era muy relajado. Y eso lo transmitía”.

Esa capacidad de Bianchi para transmitir sin urgencias lo que Samuel reivindica, no era otra cosa que saber construir relaciones profesionales muy armónicas y empáticas. El respeto ganado por el Virrey por supuesto también se generaba a partir del conocimiento.

Sí, es cierto, era simple Bianchi para explicarles a los jugadores su idea del fútbol. Aquella simpleza despojada pero inteligente terminó siendo su virtud más notable. Nunca alardeó colgándose medallas, aunque su ego, que nunca fue menor, siempre lo acompañó.

No tuvo afanes exhibicionistas en el marco de todos los exhibicionismos que replican las sociedades contemporáneas. Se mantuvo al margen del show de vanidades inútiles. Y aunque en su última etapa en Boca quedó demasiado lejos de poder repetir los sucesos del pasado, las memorias siempre editadas del fútbol, le reservan un tiempo y un espacio capturados por la gloria.

Es muy probable que Boca haya tenido entrenadores mejores formados que Bianchi. Pero Bianchi no paró de elevarse porque a su vez elevó de una manera impresionante a las individualidades del equipo. Y estos episodios también se manifestaron cuando ejerció como técnico de Vélez, aunque en la Roma y Atlético de Madrid no logró cristalizarlo,

Ya retirado, quizás vale evocar una frase con perfume a asfalto que en más de una oportunidad le sirvió para definir una forma de interpretar los hechos como futbolista y como entrenador: “Yo conocía el curro”.

¿A qué se refería Bianchi? El “curro” es en el lenguaje del Virrey, el conocimiento fino de las relaciones humanas, el juego y las circunstancias.

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