Florencia Sosa y Giannina Benvenuto, consultoras políticas en PONY -expertas en comunicación digital. Instagram: @somos.pony- analizan el resultado de las elecciones en Brasil

Brasil llegó a las urnas con un empate técnico en los sondeos y salió con un sacudón. Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos y Lula da Silva el 45,16%. Como nadie superó el 50%, ambos se enfrentarán en segunda vuelta.

Las mediciones de AtlasIntel/Bloomberg muestran cómo se fue cerrando la distancia a medida que avanzaba septiembre. En la primera encuesta del mes, Lula tenía 43% y Flávio Bolsonaro 37,4% en primera vuelta; dos semanas después, la diferencia se había reducido a 2,4 puntos, con 44,1% para el presidente y 41,7% para el candidato bolsonarista. En un eventual balotaje, el escenario era todavía más ajustado: Bolsonaro había pasado de 46,4% a 47,2%, mientras Lula avanzaba de 46,2% a 46,8%, dentro del margen de error.

La única consultora que puso a Bolsonaro adelante fue Palver, una empresa de monitoreo de redes que hace sus estudios de manera íntegramente digital. Los institutos tradicionales, incluida AtlasIntel, volvieron a subestimar al bolsonarismo. Lula, en cambio, rindió en línea con lo pronosticado. Lo que falló no fue la medición del oficialismo, sino la del voto opositor.

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El consultor político Mario Riorda advierte, en un decálogo escrito a partir de esta elección, que los algoritmos y los hábitos de consumo digital pueden llevarnos a perder perspectiva. La brecha entre sondeos y urnas sugiere que cada instrumento de medición y cada burbuja capta una parte distinta del electorado.

El resultado, además, se produjo con una participación del 78,92%. De los más de 158 millones de ciudadanos habilitados para votar, concurrieron a las urnas más de 125 millones, mientras que más de 33 millones no participaron de la jornada electoral. El ausentismo alcanzó así al 21% del electorado.

Dos relatos en pugna

Las campañas apostaron a ideas opuestas de Nación. La de Lula buscó recuperar la bandera de la soberanía, un símbolo que el bolsonarismo había asociado al antipetismo desde 2018. Esa estrategia quedó plasmada, por ejemplo, en un spot que adaptó al portugués, con autorización del cantante, la canción Lo que le pasó a Hawaii de Bad Bunny. El video trasladó la idea de pérdida de territorio a los ríos, las playas y las tierras raras de Brasil, e incorporó imágenes de Trump y del entorno de Bolsonaro. El mensaje cerraba con una consigna contundente: Brasil tiene un único dueño, su pueblo.

La apelación a la soberanía también adquirió una dimensión regional durante los últimos días de campaña. En una caravana en Río de Janeiro, Lula levantó una remera con la frase “Las Malvinas son argentinas”, en un guiño explícito a la Argentina y a América Latina.

Pero la disputa por el relato no se libró solamente en el contenido de los mensajes, sino también en las redes construidas para hacerlos circular. El oficialismo reforzó su estrategia digital con “Portavoces de Lula”, una estructura que articula a más de 140.000 voluntarios a través de WhatsApp. Allí reciben orientaciones y tareas destinadas a amplificar los mensajes de campaña y difundir contenidos favorables a la gestión. De esta forma, el simpatizante deja de ser solamente destinatario de la comunicación y se convierte también en un canal para reproducirla.

La derecha desplegó una lógica comparable. Sectores cercanos a Flávio Bolsonaro impulsaron Direita Já, una plataforma que combina un sitio web con grupos de WhatsApp y ofrece a sus seguidores piezas preparadas para circular en redes sociales. El contenido se organiza alrededor de temas con capacidad de movilización entre ellos, inseguridad, costo de vida y acusaciones de corrupción contra el Gobierno de Lula y está diseñado para que los usuarios puedan adaptarlo a las plataformas en las que participan.

La diferencia está menos en la arquitectura de la comunicación que en el relato que cada espacio busca hacer circular. Mientras Lula intenta recuperar la soberanía como eje ordenador de su campaña, el bolsonarismo construye buena parte de su mensaje alrededor del rechazo al PT. En el terreno digital no gana quien más publica, sino quien consigue que lo publicado circule. Un mensaje que nadie comparte tiene poco alcance, por abundante que sea. En una elección decidida por pocos puntos, disponer de una militancia dispuesta a reenviar, comentar y discutir el contenido puede resultar tan decisivo como producirlo.

Una sociedad a la derecha de su presidente

Detrás de la comunicación hay un corrimiento más profundo. El especialista en Relaciones Internacionales, Martín Schapiro, recuerda que Datafolha detectó en julio que el 44% de los brasileños se ubica en la derecha o centroderecha y el 39% en la izquierda o centroizquierda. En cuestiones de valores, la distancia se ensancha: 52% a la derecha y 29% a la izquierda. Pesan el crecimiento del evangelismo, el aspiracional del emprendimiento propio frente al empleo formal y una economía que se primarizó y desplazó poder hacia el interior, en detrimento de la base industrial y sindical del lulismo.

La economía agrega una paradoja. Con desempleo en mínimos e inflación controlada, el 82% de las familias tenía deudas en julio. El salario rinde más para comer y menos cuando hay que pagar la cuota del auto o de la tarjeta. El analista internacional Emir Sader describe el momento como el mejor de la historia brasileña; sin embargo, las cifras de endeudamiento ayudan a entender por qué ese diagnóstico no se traduce en votos.

¿Una ola de derecha?

Mario Riorda inscribe lo ocurrido en Brasil en una tendencia regional: los oficialismos tienen dificultades para renovar sus mandatos y la derecha consolida una ola presidencial en América Latina. Cabe preguntarse si se trata de un giro ideológico o de un fenómeno de otra naturaleza.

Una hipótesis plausible es que las derrotas reiteradas de los gobiernos en funciones expresan una brecha entre lo que las sociedades demandan y lo que los Estados pueden ofrecer en economías de crecimiento débil, poco empleo y escasa distribución, un cuadro que la inserción dependiente de la región vuelve aún más rígido. Lula gobernó con inflación contenida y desempleo bajo, y aun así perdió la primera vuelta. En ese contexto, la derecha dispone de un relato más eficaz: descree de la capacidad estatal, traslada al individuo la responsabilidad del éxito o del fracaso y ofrece culpables identificables, mientras el progresismo defiende una herramienta en la que parte del electorado ya no confía. El resultado son sociedades divididas, donde las elecciones se deciden por márgenes estrechos y no zanjan la cuestión de la legitimidad. Brasil lo confirma.

El 25 de octubre dirá si Brasil confirma la regla, la de oficialismos que no logran sostenerse, o si un gobierno con buenos indicadores macroeconómicos consigue romper el patrón.

Nada está cerrado.

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