El autor -que es empresario- recorre su paso por la industria textil, automotriz y metalmecánica y destaca la necesidad de establecer políticas públicas que defiendan la producción nacional y el empleo.
En mi vida he tenido la oportunidad de trabajar en distintas industrias. Comencé con la textil en los años noventa que, como ocurre hoy, padeció la apertura indiscriminada de la importación sin tener en cuenta la falta de competitividad de Argentina.
En esa época confeccionar una remera estampada en la Argentina tenía un costo de nueve dólares mientras las importadas entraban a un dólar; una camisa tenía un costo nacional de diecisiete dólares frente a los tres que valían las fabricadas en Asia. El sueño que comenzamos a construir Junto a mi esposa se convirtió en una pesadilla. No pudimos sostener la producción, cerramos el taller y los locales. Tuve que desvincular a los trabajadores con mucho dolor y buscar otro trabajo para mantener mi familia.
Poco tiempo después Ingresé en la industria automotriz. Fui director de CIADEA - Renault Argentina, enmarcada en una actividad que tuvo otro tratamiento desde el Estado. Nos dieron la oportunidad de adaptarnos a una mayor competitividad. El Gobierno de esos años redujo impuestos, se eliminaron los Internos y se trabajó para reducir Ingresos Brutos.
Desde la empresa, contratamos una consultora japonesa y pudimos transformar nuestros procesos de producción, incorporamos a Renault a un estudio mundial sobre la industria del automóvil liderado por el MIT y la planta del Barrio de Santa Isabel en Córdoba, pasó a ser la mejor en productividad y calidad del universo mundial de esa prestigIosa marca francesa.
Durante 2018 y 2019, me tocó liderar y sacar a delante de una profunda crisis a Vassalli Fabril, la última fábrica de cosechadoras que queda en nuestro país.
Siempre pensé que la industria vinculada al campo debería ser una prioridad para cualquier gobierno, ya que es donde se van las divisas que el campo produce. Pero desde el Gobierno no se presta atención. Dependemos -en gran medida- de fertilizantes importados, cuando se podrían producir localmente y no solo abastecer la demanda interna, sino también exportarlos.
Y en el presente año, con cosecha récord histórico, la venta de maquinaria agrìcola cayó 13%.
Nadie regala sus mercados. En un mundo que se cierra -como Estados Unidos que defiende su industria- , Argentina abrió de una manera indiscriminada la importación sin tener en cuenta la falta de competitividad argentina. De las puertas para adentro podemos ser muy competitivos, pero padecemos la pérdida de competitividad por factores externos como impuestos distorsivos, tasas e impuestos municipales, tarifas elevadas de fletes y seguros, puertos carísimos... En fin, una serie de innumerables problemas que afectan nuestra producción y nuestros costos.
Una empresa que se cierra no se vuelve a abrir. Los puestos de trabajo que se pierden no se recuperan de un día para el otro. Los desempleados se van al monotributo que, lejos de ser una buena señal, nos muestra la crisis que enfrentamos. El trabajo de un padre es una de las columnas en que se asienta el bienestar y el progreso de una familia y de todo un país.
Por todo esto, por el esfuerzo realizado por nuestra industria para equiparse y producir bienes de calidad de clase mundial, por toda la tecnología aplicada y el largo camino recorrido en un país donde las reglas de juego cambian con cada gobierno, es que debemos defender lo que tenemos.
No regalemos nuestro mercado. No continuemos con esta destrucción de empresas y puestos de trabajo que costaron tanto. Apostemos a crecer y a crear ese país que todos queremos.
Luis Cagliari es empresario de la construcción y productor agropecuario.
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