Este domingo, la entidad lindante al ferrocarril y próxima a la fábrica Rigolleau festeja un siglo al servicio de la comunidad y de los amantes de los libros. Con el esfuerzo de los socios, refuerza su compromiso a futuro y constituye una opción cultural y social. “Viviendo todo tipo de cosas como una gran familia”, según describe su presidente.
En Argentina, las Bibliotecas Populares son creadas, gestionadas y mantenidas por los propios ciudadanos. En muchos casos, reciben apoyo, nacional, provincial y municipal o de organismos como la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP), cuyo objetivo es fomentar su fortalecimiento e “impulsar su valoración pública como espacios físicos y sociales relevantes para el desarrollo comunitario y la construcción de ciudadanía”, según sus máximas.
El caso de la Biblioteca Popular Manuel Belgrano de Berazategui resulta ejemplar, en tal sentido. A días de celebrar sus primeros cien años de vida y lejos de claudicar frente a la crisis, los responsables de su comisión directiva trabajan pensando en lo que viene y buscando fortalecer el vínculo con la comunidad. Al momento de explicar su primer siglo, Domingo Patanela es directo: “La biblioteca se sostiene por el esfuerzo de la gente, la mayoría de los socios eran laburantes de Rigolleau”, destaca ‘el Negrito’, como se lo conoce al presidente de la institución.
La historia dice que fue el 4 de agosto de 1924 cuando un grupo de alumnos de la Nocturna 26, con iniciativa de su director, Oscar Echellini, fundaron la Biblioteca a escasos metros de la fábrica de vidrio. Sin embargo, los primeros amantes de la lectura se vieron obligados a abandonar el local, trasladándose a una casilla de madera perteneciente al ferrocarril frente a la estación.
"La isla del tesoro", como primera colección, libros de historia y hasta de psicología, más novelas, figuran entre las preferencias de sus comienzos. Claro que el tema no fue sencillo. “Pensá que con la revolución del 30 se cerraron escuelas y la biblioteca sufrió un montón. Se mudó enfrente y le tocó alquilar esta casa hasta que se pudo comprar”, comenta Alejandro Patanela, nieto de Antonio Carballo, uno de los fundadores. “Descendiente del socio uno y dos”, acota medio en broma y medio en serio.
“Pero además de biblioteca, en este espacio se encontraba la universidad de las mujeres. O sea, era un punto de reunión”, describe, con la lectura, taquigrafía y dibujo como actividades. Además de “conseguir material didáctico, prácticamente inexistente por entonces”, destaca, entre sus méritos.
Al margen de los vaivenes de la vida política, la Belgrano fue ganando terreno e interés. Allí en 1960 se constituyó la sede de la Comisión Pro Autonomía de Berazategui que promovió la independencia del partido de Quilmes. Aunque no todo pasaba por el compromiso ciudadano. “Ver películas, escuchar música, aprender de sus cursos, figuran entre sus varias propuestas. Además de fiestas sociales. “Aquí se han puesto de novios y pasaron todo tipo de cosas como suceden en una gran familia”, ilustra Domingo.
Para el Patanela mayor, acercarse a la biblioteca permite ir más lejos de lo pensado. “El que no lee tiene una vida, pero el que lee tiene muchas vidas. A través de la lectura vas a encontrar muchas puertas. Leer te da discernimiento”, destaca con una sonrisa, contagiosa.
Las tareas básicas de la Manuel Belgrano se ajustan a cuatro actividades anuales concretas: la Feria del libro, el aniversario de la entidad, Librarte (la Feria del Libro de Berazategui) y el cierre del ciclo a fin de año (talleres, menciones). Tareas como ventas de libros (en el lugar u online), jornadas de esparcimiento a modo de recaudación (vermouth o locros), permiten alivianar gastos aunque insuficientes para el necesario equilibrio financiero.
“Concluir el año con los cierres de los talleres y exposiciones acrecentaba la convocatoria”, dice Sonia, la bibliotecaria. A ella se la suele ver guiando una visita escolar en la sala de lectura infantil, sugiriendo a jóvenes y adolescentes nuevos títulos o haciendo malabares para ubicar un incunable texto a pedido de los socios.
Cumplir con lo cotidiano se entronca con este año complejo, pero no muy distinto al de otros tiempos. “El desafío es el de siempre, poder abrir la puerta todos los días”, asegura Domingo. “Acá hay que pagar luz, gas, sueldos y cargas sociales”, enumera.
“Todo eso cuesta y la biblioteca tiene dos ingresos esenciales: la cuota societaria y otra que, por ley es una subvención mensual equivalente a un sueldo de docente iniciado”, amplía. Aunque hasta el cierre de esta edición, no percibió un solo peso del monto establecido que, entre otras cosas, permite renovar la compra de libros o mantener el espacio en condiciones.
La voluntad de los socios llevó a que el edificio de 1908, fuese adquirido casi cuarenta años más tarde. Hoy su mantenimiento sigue por carriles similares. “El gran problema son los materiales”, admite Alejandro. “Quizás una empresa se desprende de alguna estantería y a lo mejor descarta algo, que quizás con nosotros tenga una segunda vida. La mano de obra aquí, siempre se resolverá”.