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Contrariamente a lo que creemos, nuestra percepción del mundo no es una copia directa y fiel del mundo que nos rodea. Es decir, el cerebro no es una cámara filmadora que capta de manera pasiva el entorno, sino que elabora representaciones y modelos de esos eventos externos. Toma información y la tamiza para encontrar patrones y así construir, como un show multisensorial y tecnicolor, nuestra realidad.

Existe cada vez mayor evidencia neurocientífica de que lo que percibimos es un modelo y una predicción de lo que nuestro cerebro cree que el mundo debería ser. Después de estar expuesto a fenómenos asimilables muchísimas veces (el movimiento de las cosas, las reacciones de las personas, la próxima palabra de aquel que nos habla, la manera en la que se combinan los colores, etc.), el cerebro se entrena para predecir lo que va a suceder momentos antes de que efectivamente suceda. Y funciona así para minimizar la sorpresa que puede generar nuestro ambiente, un mecanismo sumamente adaptativo en la evolución. El ser humano es capaz de predecir cómo vestirse, según el clima, para no enfermarse, o la aparición de un animal al oír determinado sonido desde los arbustos para cazarlo o huir, según el caso. Cuando vemos el animal, no tenemos que reconocerlo de la nada, ya que probablemente hayamos vivido situaciones parecidas a esa o lo hicieron nuestros antepasados. Entonces preactivamos su representación mental. En el caso de no existir esa experiencia previa, la información ingresa al cerebro y avanza en forma de “error” para esas predicciones y, a su vez, reactualizará predicciones futuras.

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Desde la perspectiva de la evolución, procesar la información sensorial integralmente requiere más tiempo del que podemos disponer. El cerebro no puede utilizar solamente la información sensorial entrante del ambiente, ya que sería muy ineficiente y lento analizar con detenimiento todos los rasgos de lo que vemos, oímos y tocamos para poder luego inferir qué se está percibiendo. Esto maximizaría su ineficiencia en situaciones ambiguas, por ejemplo, al preguntarnos cada vez: “¿esta figura alargada es una rama o una serpiente?” La evolución priorizó estrategias cognitivas que no necesitaran detenerse para analizar todos los rasgos de un estímulo, sino inferir rápidamente y actuar. Los que se detuvieron a pensar mucho tiempo no sobrevivieron y no pudieron pasar sus genes a la siguiente generación.

El arte muchas veces busca explotar este “error” en nuestras predicciones. Por ejemplo, el cine de terror constantemente busca generar una sorpresa e inducir el miedo mediante situaciones riesgosas, pero en la situación segura del cine o el hogar. Es probable que estas películas capten tanto nuestra atención porque nos permiten simular los riesgos del mundo sin padecerlos. Esto es muy adaptativo biológicamente por más inverosímil que sea el thriller. De hecho, a algunos les cuesta dormir a la noche después de una hora y media de estar aterrorizados. El cerebro no puede dejar de asimilar estos peligros del mundo como verosímiles aunque no lo sean, para anticipar su aparición en el futuro.

La percepción de la realidad tiene menos relación con lo que pasa fuera que con lo que está dentro de nuestra mente. Así, al describir el mundo externo también estamos hablando de nosotros mismos.

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