El uso de la llamada "cocaína rosa" se expande en distintos ámbitos y ya no responde a un único perfil social. Su composición incierta, el crecimiento del mercado y el consumo entre jóvenes encienden alertas.

A un costado de la estación ferroviaria de Mendeville, en el límite entre Aldo Bonzi y Ciudad Evita, cinco adolescentes que venden medias, flores y bolsas de residuos se reúnen a media tarde a consumir tusi. Lo hacen a la vista de todos. La escena, cotidiana y sin sobresaltos, pone en evidencia un fenómeno que crece en silencio: en el último año el consumo de esta sustancia aumentó cerca de un 70%.

Lejos de la idea de una droga asociada únicamente a sectores de alto poder adquisitivo, el tusi atraviesa hoy distintos estratos sociales y circula tanto en boliches exclusivos como en espacios públicos del conurbano. "En Argentina cada vez hay más consumo de tusi. También creció la cantidad de vendedores y, por supuesto, la producción", explicó Claudio Izaguirre, director de la Asociación Antidrogas de la República Argentina (AARA). Esa expansión se da en paralelo a un contexto atravesado por problemas de salud mental y falta de contención en jóvenes.

Se lo conoce como "cocaína rosa", pero no lo es. A diferencia de otras drogas, el tusi no tiene una composición definida. Bajo ese nombre se comercializan mezclas que pueden incluir ketamina, MDMA, cafeína y otros compuestos, en proporciones variables. El color, uno de sus rasgos más distintivos, responde más a una estrategia de marketing que a una característica química. "Hay una idea instalada de que es más segura que la cocaína, pero eso no es así", advirtió Izaguirre.

Esa falta de control en su contenido es uno de sus principales riesgos. "Genera euforia, empatía y sensación de bienestar, pero en casos graves puede provocar angina, infartos y episodios psicóticos", señaló. También mencionó efectos adversos como convulsiones, deterioro de la memoria y delirios persistentes. La combinación con alcohol u otras sustancias potencia esos efectos y vuelve más impredecible la respuesta del organismo.

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El fenómeno impacta además en edades cada vez más tempranas. "Tenemos un enorme problema de deserción escolar y de salud mental. Los principales consumidores son adolescentes", sostuvo Izaguirre. En ese contexto, remarcó la falta de prevención: "No hay presencia de instituciones especializadas en las escuelas para concientizar".

En la noche, su presencia se vuelve cada vez más visible. El tusi circula en grupos, se comparte y se integra a dinámicas de consumo que combinan distintas sustancias. Su precio, generalmente más alto que el de otras drogas, refuerza una imagen de exclusividad que no siempre se corresponde con su origen ni con su calidad. Esa construcción simbólica, asociada al color y a la estética, es parte de su expansión.

Detrás de ese consumo hay también un mercado en crecimiento. La producción suele ser artesanal, sin controles ni estándares. Esto facilita la circulación de productos con composiciones desconocidas y dificulta cualquier intervención. "Las fuerzas de seguridad están dos pasos atrás", afirmó Izaguirre.

El crecimiento del tusi se inscribe en un contexto más amplio, donde el consumo de sustancias se cruza con problemáticas sociales. "Advertimos que por eso crecen los casos de peleas, amenazas en escuelas y robos violentos", agregó.

En ese escenario, el tusi aparece como una sustancia que combina expansión, visibilidad y falta de información. Se presenta como sofisticada, pero en muchos casos es el resultado de mezclas sin control. Su avance, impulsado por la estética y el marketing, convive con riesgos que no siempre son percibidos por quienes la consumen.

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