El FBI registró más de 22.000 denuncias vinculadas a estafas potenciadas por inteligencia artificial. Especialistas advierten que el principal objetivo ya no son los sistemas, sino las personas.
Los fraudes impulsados por inteligencia artificial ya provocaron pérdidas cercanas a los 900 millones de dólares y acumulan más de 22.000 denuncias en un año, según datos del "Internet Crime Report 2025" del FBI. El avance de herramientas capaces de generar voces falsas, videos manipulados e identidades digitales sintéticas encendió las alarmas entre especialistas en ciberseguridad de todo el mundo.
El crecimiento de estas amenazas quedó en evidencia durante la Córdoba Cybersecurity Conference 2026, donde expertos coincidieron en que la inteligencia artificial está modificando por completo el escenario de los delitos informáticos. El foco de los ataques ya no se concentra únicamente en vulnerar sistemas tecnológicos, sino en manipular a las personas para obtener accesos, credenciales o transferencias de dinero.
La expansión de la inteligencia artificial generativa permitió a los ciberdelincuentes desarrollar campañas más sofisticadas y personalizadas. Mediante técnicas como la clonación de voz y los deepfakes, los atacantes pueden simular identidades con un nivel de realismo que dificulta distinguir entre una comunicación legítima y un intento de fraude.
Este fenómeno dio lugar a una creciente crisis de autenticidad digital. Correos electrónicos, videollamadas, mensajes de voz e incluso reuniones virtuales pueden ser falsificados con herramientas cada vez más accesibles, obligando a empresas y usuarios a replantear sus mecanismos de verificación.
Los especialistas advirtieron que la ingeniería social continúa siendo una de las principales armas de los atacantes. La inteligencia artificial les permite adaptar los engaños a cada víctima, aprovechando información pública para generar mensajes convincentes y aumentar las probabilidades de éxito.
A esta situación se suma la expansión de modelos criminales como el "Ransomware as a Service". Bajo este esquema, grupos especializados desarrollan plataformas listas para usar que otros delincuentes pueden contratar para lanzar ataques, automatizando procesos y ampliando el alcance de las amenazas a escala global.
Durante años, las estrategias de protección estuvieron centradas en fortalecer redes, servidores y dispositivos. Sin embargo, la creciente adopción de servicios en la nube y los entornos de trabajo distribuidos desplazó la atención hacia la protección de las identidades digitales y los comportamientos de los usuarios.
Los expertos sostienen que la seguridad informática ya no puede depender exclusivamente de soluciones tecnológicas. La capacitación constante, la validación de identidades y la implementación de procesos de verificación adicionales se volvieron elementos centrales para reducir el riesgo de ataques exitosos.
También gana relevancia el concepto de "neuroseguridad", una disciplina que analiza cómo los ciberdelincuentes explotan sesgos cognitivos, presión psicológica, sensación de urgencia y exceso de confianza para influir en las decisiones de las personas y facilitar el fraude.
Frente a este escenario, empresas, gobiernos y usuarios enfrentan el desafío de adaptar sus estrategias de defensa a una realidad en la que la inteligencia artificial puede ser utilizada tanto para proteger sistemas como para potenciar delitos.
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