En general la aparición de Osqui Guzmán decanta en una sonrisa espontánea. Querido con sus distintos personajes, el actor suele dejar su impronta desde el teatro, como en cine y televisión, lo que le valió en 2011, por ejemplo el premio Konex como actor. En esta oportunidad, Osqui es director y protagonista de “Enobarbo”, comedia inédita de Alejandro Acobino que evoca la figura del emperador Nerón para hablar de historia, filosofía y ficción en el teatro, que puede disfrutarse de jueves a domingos a las 21, en el Teatro Nacional Cervantes (Libertad 815 CABA).
A la hora de explicar cómo surgió el progyecto, Osqui es directo: “En 2001, Aco (Acobino) estaba escribiendo una obra sobre Séneca y su esclavo y él creía que yo podría hacer el esclavo, por mi dominio de la palabra”, explica y enseguida especifica: “esa obra la encontramos poco después de su partida. Su hermana Gabriela me propuso dirigirla y actuarla”, relata Guzmán tan convencido como conmovido.
¿Cómo era tu relación creativa con Acobino?
- Nos conocimos en el Rojas en el 94. Yo lo entrenaba para el segundo campeonato de “Match de improvisación” y nos hicimos amigos casi al instante. Nos dimos cuenta de que podíamos tener las conversaciones más descabelladas sobre arte, mujeres y mitología, mientras comíamos un superpancho en la vereda de un maxikiosco.
¿Por qué la obra se conoce tan solo ahora?
- “Enobarbo” no estaba impresa, ni tampoco en la compu de Aco. Gabriela encontró el papel de inscripción de la obra en Argentores y llamó a Mauricio Kartun, que la tenía, se la había dado Aco para que le diera una devolución. La obra viajó entre las sombras, se defendió del olvido y esperó el momento oportuno para salir a la luz.
Tiene influencias de Plauto y el teatro latino...
- Exactamente. Me hubiera gustado tener a Aco cerca para preguntarle estas cosas, pero eran inevitables las referencias a ese teatro farsesco, descabellado y frontalmente latino que tenía el texto. Me jugué por ese lado, echando mano a material de estudio acumulado en años de profesión: fuimos por esa impronta farsesca, italiana y de lenguaje extravagante.
¿Cómo fue tu experiencia simultánea como director y actor?
- Absolutamente placentera, vengo dirigiendo materiales propios y es la primera vez que dirijo una obra que no es mía. Pude hacerlo porque mi asistente de dirección, Juan Manuel Wolcoff, es un genio. Hizo de mi personaje mientras yo dirigía, aprendí de él como nunca en estos años; si algo de valor tiene mi trabajo, es su colaboración, su amor y su entrega al proyecto. “Él es actor, improvisador, artista plástico, escritor y de una ética poco usual en los de su generación. Es un hermano del camino.
¿En qué se diferencia, para un actor como vos, enfrentarse a un trabajo colectivo y a un unipersonal como “El Bululú’?
-No hay diferencias esenciales, sí de forma. Si bien en “El Bululú” estoy solo en el escenario, durante los ensayos tenía a todo el equipo creativo conmigo. Estaba acompañado. No salía por mí, a lucirme, a desplegar mi arte, eso es banal.
¿Cómo pesa aquel clásico?
-“El Bululú” fue lo único que hice solo después de mas de veinte años. El teatro no se puede hacer si no es de manera colectiva, haya uno o siete actores en escena.
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