La premisa es darle equilibrio al xeneize, donde sobran goles y faltan garantías en defensa. Su reto personal es manejar un plantel pesado y terminar con el mito de que es "dt para equipos chicos"

Tras la salida de Guillermo Barros Schelotto y ya con Nicolás Burdisso como Director Deportivo de Boca, la premisa en la búsqueda del nuevo técnico estaba clara. Un técnico con perfil serio, trabajador, que acumulara experiencia pero que al mismo tiempo no fuese de avanzada edad, con el objetivo de trazar un proyecto a largo plazo, donde se completara el manejo integral del fútbol del club, desde juveniles a Primera.

Y después de varias charlas con distintos candidatos, la elección recayó en Gustavo Alfaro, el nombre que tal vez surgía como lógico en el consenso de todas las partes, por más que el presidente Daniel Angelici insistiese hasta último momento con Antonio Mohamed.

“Este es un país de rótulos y a mí me pusieron el de técnico defensivo. Pero no pasa nada, lo asumo”, dijo en alguna entrevista Alfaro, quien si bien en sus inicios fue catalogado como tal, fue mutando en su forma de jugar, para proponer un sistema más flexible, pasando de un 4-4-2 clásico, que utilizó habitualmente, a un 4-2-3-1, como proponía últimamente en Huracán, donde los tres que se ubicaban detrás del punta tenían características de delanteros.

Pero más allá de eso, ese rótulo que según Alfaro “lo condena”, en este caso le viene a la medida a un Boca que derrocha goles pero que carece de un orden defensivo. Necesita armarse de atrás hacia adelante, como todo equipo en crecimiento, y para esa tarea “Lechuga” aparece como el hombre indicado. El tema pasará por lograr un equilibrio, donde el equipo sepa defenderse pero al mismo tiempo no pierda esa ambición ofensiva que lo caracteriza.

Después, están las propias dudas que genera un técnico que ha tenido altibajos en su carrera. Con momentos brillantes en Quilmes, Arsenal y ahora en Huracán, pero con otros en los que abundaron los grises, como Rosario Central, Tigre, Gimnasia y, fundamentalmente, San Lorenzo, el único de los cinco grandes que dirigió hasta el momento. Allí, en su primera experiencia ante un reto distinto, no le fue nada bien, lo que llevó a ganarse otro rótulo, el de que “es técnico para equipos chicos”.

En el Globo tuvo que lidiar al principio con ese mote, sumado a un estilo de juego que es efectivo pero que no ofrece la brillantez que exige el paladar negro de sus hinchas. Sin embargo, con trabajo, con resultados, terminó convenciendo a todos, al punto de que logró casi el 59 por ciento de las unidades en juego y motivó que Boca pusiese sus ojos en él.

Hoy, a los 56 años, como él mismo lo afirmó en su comunicado y en el audio que le dejó a los jugadores de Huracán, está ante el gran desafío de su trayectoria. Una especie de examen final para recibirse de técnico con todas las letras y sacudirse de encima los rótulos que lo condenan desde siempre.

Habrá que ver si tiene las espaldas suficientes para manejar un grupo de referentes de peso y acomodarse a todas las situaciones que rodean al fantástico pero a la vez complejo Mundo Boca.

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