“A Chiquito Romero tampoco se lo puede desplazar así porque sí”. La frase de autor anónimo, con algunas variantes de forma pero no de fondo, frecuentada por varios actores del ambiente del fútbol argentino (técnicos, jugadores en actividad, ex jugadores, periodistas, lobbistas de todo tipo y calibre), circula tratando de condicionar, debilitar o frenar la confirmación de Franco Armani como arquero de la Selección en la inminencia de Rusia 2018.
Romero ya participó en dos mundiales (Sudáfrica 2010 y Brasil 2014), tres Copas América (Argentina 2011, Chile 2015 y Estados Unidos 2016) y 121 partidos defendiendo la camiseta argentina. Su aporte, en general, fue aceptable. No defraudó, pero tampoco en los nueve años como titular reveló cualidades indiscutibles.
Para ser lo más claro posible: de ninguna manera se destacó y menos aún la rompió en la Selección, más allá de los dos penales que, en semifinales, detuvo ante Holanda en el último mundial. Cumplió y punto. Nada más. Sin embargo pareciera que no le llegaran las críticas. O que no lo alcanzaran. Como si tuviera una apreciable protección mediática que no se sabe bien de donde surge ni hasta donde llega.
En las circunstancias y urgencias del presente, Franco Armani está perfilado como si fuera un auténtico outsider que arribó hace un par de meses desde el fútbol colombiano para quedarse con todo. Y sacarle a Romero lo que sería de Romero. Este insólito cuadro de situación podría configurarse como una estupidez soberana. Y sin ninguna duda lo es. Pero esa sensación ya se instaló.
La realidad es que el arco de la Selección no tiene un propietario excluyente. Lo tenía cuando el Pato Fillol fue el monstruo que atajaba todo, hasta que Carlos Bilardo lo sacó de circulación en la antesala de México 86 y le transfirió la responsabilidad a Nery Pumpido. Después de Fillol, nadie tuvo la sartén por el mango. Todos fueron reemplazables. Hasta un campeón del mundo como Pumpido.
Sergio Romero, naturalmente, es reemplazable por varias razones: muy lejos está de ser un fenómeno, hace años que viene padeciendo en los clubes donde actuó la falta de continuidad (como ahora en el Manchester United, donde en 3 temporadas jugó 35 partidos), nunca logró transmitir seguridad y por otra parte la aparición explosiva de Armani cambió el panorama de manera radical.
¿Cómo resiste Romero el protagonismo creciente de Armani? La pregunta es central. Resiste porque por ahora prevalece la lógica disciplinadora del miedo. El miedo de Jorge Sampaoli a provocar un cambio importante en el arco de Argentina. El miedo a generar fastidio, incomodidad o rechazo más o menos disimulado en el núcleo duro de la Selección, muy sensible a la opinión de Messi.
El miedo, en definitiva, de darle la llave del arco a un intruso (Armani podría ser estigmatizado de esta manera) que en la cuenta regresiva hacia el Mundial denuncia tener virtudes específicas notables.
Por todo esto quizás parece existir en ciertos sectores del ambiente refractarios a mover el tablero, un deseo oculto de postergar a Armani. De examinarlo como si tuviera que ser una máquina perfecta e imbatible. De descubrirle en el detalle más fino o más grueso alguna zona errónea para de inmediato deslegitimarlo. Y de poner arriba de la mesa que hace muy poco tiempo que juega en el fútbol argentino como para subirlo a un podio.
Demasiadas especulaciones giran alrededor de Armani. Y demasiadas consideraciones muy benévolas giran alrededor de Romero. Pero Romero está más que claro que no es Fillol. Armani tampoco es Fillol. Pero tiene rendimientos que Fillol (un grande de todos los tiempos) supo tener.
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