La noche del 10 de enero de hace cuatro décadas, Independiente aplastaba a River por la final del torneo Nacional y con dos goles de Bochini se consagraba campeón con un equipo dirigido por el Pato Pastoriza y cuyo presidente del club era Julio Grondona

Dos frases para entender el contexto. La primera, del Pato Pastoriza, en una especie de arenga al plantel casi primitiva anticipando lo que tenían que hacer en Avellaneda en una instancia definitoria: “Acá los tenemos que pasar por arriba”.

La segunda, de Ricardo Enrique Bochini, cuatro décadas después del 2-0 a River (con dos goles del Bocha) construido aquel miércoles 10 de enero de 1979, en el marco del Torneo Nacional de 1978 que Independiente conquistó: “Ese fue el mejor partido que jugué en mi vida”.

Las declaraciones del técnico y del jugador más influyente que tuvo Independiente en su historia, van en una dirección inequívoca: ese día el equipo que dirigió Pastoriza brindó una lección de fútbol espectacular e inolvidable.

Un calor infernal parecía derretir la noche y la luna de Avellaneda. River llegaba a la revancha después de empatar con Independiente 0-0 en el Monumental el domingo 7 de enero, luego de estrellar tres remates en el travesaño. Ese River que conducía Angel Labruna, estaba integrado por una verdadera constelación de estrellas: Fillol, Passarella, Juan José López, Beto Alonso, Luque y el Negro Ortiz, entre otros.

Independiente disponía de un potencial levemente inferior, sostenido por Chocolate Baley en el arco, Villaverde barriendo como último hombre, Trossero emergiendo desde el fondo; Fren, Larrosa, el uruguayo Alzamendi, Beto Outes y especialmente Bochini, héroe futbolero de aquella noche y autor de los dos goles frente a la invulnerabilidad sometida del Pato Fillol.

A 40 años de esa consagración en la plaza Roja, las memorias vivas del fútbol siempre parecen empeñarse en confirmar su presencia. Sin dudas, fue un gran equipo esa versión de Independiente de finales de los 70, aun sin Copas Libertadores para festejar. Y fue otro gran equipo ese River que cultivaba la premisa de cambiar, a todo o nada, ataque por ataque, hasta que modificó su perfil en la última recta del Metropolitano del 79, cuando a instancias de Passarella le recomendó a Labruna que hiciera ingresar al Nene Commisso (en la semifinal ante Independiente) para auxiliar en la recuperación a Mostaza Merlo y exponer menos al mano a mano a la línea de fondo.

El 2-0 en Avellaneda no reflejó el desarrollo del partido. Ese monstruo del arco que fue Fillol, más algunas oportunidades que dilapidó Alzamendi (en especial en la primera etapa) le permitieron a River perder decorosamente en el plano del resultado. Pero en juego individual y colectivo fue avasallado por Independiente como muy pocas veces se manifiesta en una final.

En el primer tiempo no existieron equivalencias de ningún tipo. Solo Fillol se opuso como gran resistencia. Fren (reemplazo del Negro Galván, ya acusando una merma en su rendimiento) la rompió cortando y soltándose en ataque, Larrosa encontró todos los espacios, Alzamendi perforaba y no resolvía pasado de revoluciones, Outes mostraba la ductilidad que su físico corpulento no denunciaba y Bochini volaba en la cancha.

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Ese vuelo le alcanzó y le sobró para convertir dos goles, uno en cada tiempo. El primero, clavando la pelota en el segundo palo de Fillol (quedó sin reacción el Pato), después de recibir en el borde derecho del área una estupenda habilitación de Fren luego de limpiarse a tres rivales. El segundo del Bocha en el complemento, tocando suave a pocos pasos del arco luego de ser habilitado de cabeza por Barberón, ya había encontrado a un River casi entregado y permeable a caer por goleada.

Si fue histórica y reveladora de la mística de Independiente la conquista del Nacional del año anterior cuando con 8 jugadores le empató 2-2 a Talleres en Córdoba y salió campeón trascendiendo todas las adversidades y corrupciones que pretendieron doblegarlo, la victoria rotunda ante aquel River lo instaló en la vanguardia del fútbol argentino, reivindicando el estilo made in Independiente.

El estilo opuesto al que representaba aquel Boca con Juan Carlos Lorenzo de entrenador (bicampeón de la Copa Libertadores en 1977 y 1978 y de la Intercontinental en 1978) y todo su tributo al fútbol físico, táctico y contragolpeador encarnado por Mastrángelo, Felman y la combinación de técnica y potencia que revelaban el Chino Benitez, el Chapa Suñe y el Ruso Ribolzi.

Otra línea, otra búsqueda, otro juego y otro mensaje para adentro y para afuera. Ese Boca modelado a la europea por la inteligencia práctica del Toto Lorenzo, ya se había convertido en el gran competidor de Independiente.

La respuesta Roja tuvo varios enfoques. Uno de ellos, quizás el más brillante, se produjo ese miércoles 10 de enero con una temperatura ambiental elevadísima. Independiente con el Pato Pastoriza de técnico y Julio Humberto Grondona como presidente del club (el 6 de abril asumiría como titular de AFA), subió la apuesta. Y en su camino volteó muñecos.

River lo comprobó. Y lo padeció. El juego de alta gama de Independiente lo había congelado. El recuerdo está intacto. El fútbol de aquella noche, también.

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