La carga de dramatismo y sobreactuación en la que suelen incurrir los entrenadores mientras se desarrollan los partidos se naturalizaron como episodios propios del fútbol, cuando en realidad son conductas cuyo único valor agregado es la puesta en escena del papelón

Deberían mirarse en un espejo en el mismo momento en que se ofrecen al ridículo gritando como si estuvieran en peligro, agitando los brazos con desesperación, gesticulando como desaforados, corriendo por la línea de cal persiguiendo al juez de línea o al cuarto árbitro para reclamarle por una posición adelantada, por una infracción, por un saque lateral o por cualquier cosa que consideren fundamental.

Deberían observarse en un espejo gigantesco no pocos entrenadores del fútbol argentino (y también del fútbol internacional, como el Cholo Simeone, por citar un caso testigo a escala global) que sobreactúan durante los desarrollos de los partidos como si fuesen los principales protagonistas. Y no lo son, aunque la TV los enfoque una y otra vez como actores determinantes del show.

Así suelen mostrarse los técnicos partido tras partido, cultivando el mal gusto, el dramatismo al cohete y la venta colosal de humo. Así se los ve a Sebastián Beccacece, Eduardo Coudet, Gustavo Alfaro, Luis Zubeldía y Gabriel Heinze, entre otros fans del stand up futbolístico tan instalado y extendido.

Si hace un par de décadas Héctor Rodolfo Veira era un personaje muy expresivo dirigiendo a un equipo, hoy ese nivel de expresividad exagerada que denunciaba el Bambino en continuado quedaría reducida a la nada.

Lo mismo ocurriría con Juan Carlos Lorenzo. El Toto, con esa máscara de actor del neorrealismo italiano que vivía los partidos con altísima vibración, hoy sería considerado un moderado en todas sus facetas.

Crecíó hasta la imprudencia el exhibicionismo y el ego desatado de los entrenadores. Creen que pueden resolver algo vital mientras se juega el partido. Creen que son muchísimo más influyentes de lo que en realidad terminan siendo. Por eso quizás parecen empeñados en hacer papelones sin percibir que lo están haciendo.

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Naturalizaron el exceso, el desborde y una cuota de descontrol emocional que el ambiente del fútbol fue permitiendo progresivamente. No es que tendrían que ser estatuas de sal ubicadas al costado de los campos de juego e impermeables a cualquier circunstancia favorable o negativa. Nadie pide tanta quietud ni pasividad. Pero se fueron corriendo de la función específica de técnicos para resignificarse como generadores de conductas desproporcionadas. Conductas fuera de contexto.

Esta categoría de estados alterados que los entrenadores revelan sin arrepentimientos, son episodios que amplios sectores de la prensa reivindican en nombre de las pasiones, imposibles de manejar. Una falsedad incontrastable. Un hombre o una mujer apasionada no estallan a los gritos de manera sistemática para reclamar algo en particular. Si estallan cada dos minutos es porque existe una falla de origen o adquirida que nunca fue contemplada ni revisada.

Aquel que conduce o tiene aspiraciones de liderar, no debería transmitir tanta aceleración superficial. Porque ese mensaje lleno de voluntarismo puede descolocar al que lo recibe. O incluso el que lo recibe puede desestimarlo en función de las características de quien lo emite.

No son mejores técnicos los que gritan más. O los que son un manojo de nervios a punto de explotar. Esa especie de catarsis pública no los empuja al conocimiento. En todo caso los precipita al amplio universo de la banalidad. Y del grotesco.

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