Boca mostró la actitud que se le reclamaba, fue superior al rival pero no estuvo derecho para definir y por eso apenas se llevó un empate. Un poco de alivio para un plantel y un cuerpo técnico muy cuestionados.

Todo pintaba mal para Boca luego de una semana más que complicada. La dura derrota ante River por la Supercopa, la interna por las declaraciones de Carlos Tevez y la aparición furiosa del presidente Daniel Angelici en el vestuario amenazando con cortas cabezas, habían armado el peor escenario de cara al partido con Atlético, en Tucumán.

No había por donde tener una mirada esperanzadora para el Xeneize, no sólo por el momento anímico, sino porque tenía que jugar en una cancha donde habitualmente no le va bien y ante un rival duro, que se hace fuerte de local.

Sin embargo, lejos de ese panorama pesimista, Boca tuvo una reacción positiva. Un poco obligado por la suspensión de Edwin Cardona, el Mellizo se la jugó por Wanchope Abila como nueve, con Carlos Tevez jugando detrás del mismo, y el equipo tuvo la agresividad reclamada. Pero no sólo por ese movimiento táctico, sino por un compromiso de todo el equipo, que más allá de algunas bajas actuaciones individuales, se mostró decidido a buscar un resultado positivo que le permitiera al menos aliviar las heridas de la final perdida ante el rival de siempre.

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De todos modos, está claro que por el cimbronazo que significó esta semana especial, por haber disminuido su ventaja sobre el escolta y por todo lo que se le viene, el clima boquense se vivirá partido a partido, dependiendo de cada resultado para establecer si este esbozo de recuperación tiene una continuidad.

Por el momento, al menos se terminarán los rumores de una posible salida del entrenador o de que se tomen medidas drásticas con algunos jugadores. Y con un poco más de tranquilidad, con dos semanas de trabajo debido a la fecha FIFA, habrá tiempo para serenarse, para sanar definitivamente los corazones rotos y encarar el próximo partido ante Talleres, en La Bombonera, que será otra verdadera final.

Boca sabe que en ese partido ante el escolta, a seis unidades, no puede fallar, que la victoria es más que necesaria para volver a estirar las diferencias y, sobre todo, para terminar con las polémicas, si es que quiere ratificar que es el mejor equipo de la Superliga.

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Si logra los tres puntos tendrá muchas chances de ganarla pero igualmente nada estará definido, por más que desde muchos sectores se intente establecer desde hace tiempo que Boca “ya es campeón” -hasta con cierta malicia, porque es un latiguillo que suena desde la octava fecha-. Con un agregado, en caso de que corone: Le servirá para sumar otra estrella, pero la deuda no quedará saldada.

Tanto el cuerpo técnico como los jugadores saben que los hinchas sólo olvidarán la final perdida contra River con la obtención de la Libertadores, ese título internacional tan ansiado. Es más, levantar o no la Copa determinará para muchos su continuidad en el club.

Por ahora, más allá de que no pudo ganar en Tucumán, alcanzó con estas pequeñas señales positivas, desde la actitud, desde la superioridad futbolística y desde entender que se puede jugar mal pero nunca renunciar al protagonismo ni al mandato histórico que exige una camiseta tan pesada y con tanta historia como la de Boca.

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