La suspensión y reprogramación de River-Boca por la final de la Copa Libertadores a disputarse el domingo 9 de diciembre en Madrid, provocó un cambio anímico en los planteles. Se debilitó River y se fortaleció Boca.

El plantel y cuerpo técnico de Boca fue víctima de una agresión organizada en una zona liberada en las proximidades del estadio Monumental en la tarde del sábado 24 de noviembre. Pero Boca también supo sobreactuar ese acto de violencia simbólica y real para intentar obtener un rédito deportivo que finalmente logró, considerando que el partido se jugará en terreno neutral y con público de ambos clubes el domingo 9 de diciembre en Madrid.

La magnitud del violento episodio y su resolución tan particular resignificó de manera sustancial el microclima del Superclásico (en versión offshore) definitorio por la final de la Copa Libertadores 2018.

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Este insólito e inédito cambio de escenario producto de distintas circunstancias (políticas, económicas, sociales, globales) se constituyó en un factor sicológico muy potente. Tan potente e influyente que River en las vísperas del partido parece debilitado y Boca fortalecido. Esta es la sensación inicial que prevalece. Una sensación que por supuesto puede estrellarse cuando la pelota comience a rodar por el césped primermundista del Santiago Bernabeu (Real Madrid), presidido por el multimillonario Florentino Pérez, cuyos activos declarados ascienden a 2100 millones de dólares.

¿Qué pasó con el transcurrir de los días? Se modificó de manera radical el perfil y el relato emotivo del encuentro. Boca que iba a tener que resolver en un Monumental muy adverso a sus intereses la gran complejidad de un compromiso decisivo, se encontró por el camino con un accidente sospechadísimo (la agresión al micro que lo trasladaba al Monumental) que lo depositó en otro contexto, en otro lugar mucho más amable como Madrid y en otro paisaje anímico que hace crecer sus expectativas.

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Es cierto, no iba de punto Boca al Monumental después del 2-2 en La Bombonera, pero tampoco disfrutaba de adhesiones mayoritarias ni de pronósticos muy favorables. Para nada. El candidato que obtenía algunas diferencias a su favor era River. Por ser local, por tener a casi setenta mil personas a su favor y por un registro de fútbol colectivo superior al que venía denunciando Boca, aun con el colombiano Borré suspendido y con Scocco y Mora lesionados.

Pero como el tiempo no para como reza la extraordinaria canción del brasileño Cazuza (murió en Rio de Janeiro el 7 de julio de 1990 a los 32 años, víctima de VIH) que versionó la Bersuit, todo cambió. Y cambió tanto que hoy Boca quedó en la interpretación subjetiva que cada uno elabora y construye, mejor parado que River. Como si dispusiera de algo esencial e invisible que hace unos días le faltaba. Esa reserva de amplio espectro se focaliza en el plano anímico.

¿Se invirtieron los papeles? Es probable. Aunque nadie puede tener ninguna certeza. El fútbol nunca las admitió. Por lo pronto, a River se lo visualiza más vulnerable que en la previa a aquel sábado 24 de noviembre. Lo reveló en la semifinal frente a Gimnasia por la Copa Argentina, en la que cayó en definición por penales. El perfume futbolístico que se extendió, instaló que lo terminó afectando el desenlace que estaba por gestarse, exportando el Superclásico a Madrid.

Porque el fútbol se juega, pero también se piensa, se imagina, se sueña, se anticipa y hasta se reconvierte en pesadilla o gesta heroica. Y ahí, en ese territorio intransferible, participan de forma muy activa los factores sicológicos. Por eso por estos días de vigilia muy intensa parece más golpeado River que su adversario. Y quizás más permeable a un entorno que hasta mediáticamente es más sensible y funcional al clima de época que favorece a Boca, considerando el poder (nunca inmune a estos episodios) que fluye desde las más altas esferas.

¿La tiene más accesible Boca? En absoluto. ¿Está River derrotado de antemano? Para nada. Pero lo que no puede ignorarse es que los climas y las atmósferas también interactúan. También juegan los juegos que no se ven, pero que sin ninguna duda existen. E inclinan la balanza para un lado o para otro. Allí avanzan y retroceden River y Boca.

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