A los 34 años, el presente futbolístico de Carlos Tevez languidece. Su fútbol aguerrido, potente y desequilibrante que lo convirtió en un delantero de elite, hoy lo encuentra atrapado por su propia decadencia. No puede hacer lo que antes hacía. No puede ser la figura que despertaba un gran respeto y hasta temor en los adversarios. No fue casual que Guillermo Barros Schelotto lo haya reemplazado frente a Unión y Gimnasia. Las circunstancias del ocaso.       

Los tiempos desangelados que vive Carlos Tevez lo vivieron todos. O casi todos. También Guillermo Barros Schelotto cuando Alfio Basile fue técnico de Boca en su primera etapa y lo terminó desplazando para darle la titularidad al bahiense Rodrigo Palacio, un goleador en una etapa formidable que le permitió irse a Europa.

Por aquellos días de la temporada 2005-2006, Guillermo sentía en la piel que ya no era lo que había sido. Y reclamaba sin éxito un lugar que Basile no le iba a dar porque Palacio estaba casi en la cumbre de su carrera. Guillermo esperó, pero en mayo de 2007 decidió dejar Boca y emigrar a la liga de Estados Unidos (actuó en el Columbus Crew), ya en el ocaso irreversible de su carrera con 34 años sobre el lomo.

Hoy, Tevez, transita por circunstancias similares. No iguales, porque no existe una situación idéntica a la otra, ya que cada contexto es irrepetible. Este Tevez de 34 años que volvió a Boca desde China (jugó en el Shanghai Shenhua) después de emprender una aventura valiosa en el plano económico pero desastrosa en lo futbolístico, está padeciendo la inevitable crisis del ídolo como rehén de su propia decadencia.

El ocaso irremediable de Tevez que hasta él supo describirlo a su manera (“Los años pasan, ya no soy el de antes. Me costó muchísimo volver”), a nadie le pasó por alto. A Guillermo, por supuesto, tampoco. Por eso en los cruces ante Unión y Gimnasia hizo una movida que hace unos meses parecía impensada: lo sacó a Tevez a media hora del cierre de los partidos y lo reemplazó, primero por el juvenil Maroni y en segunda instancia por Junior Benítez.

Tevez se la bancó como un duque interpretando su vulnerabilidad. No hizo gestos de rechazo hacia el técnico, no manifestó su disconformismo frente a la prensa como lo hubiera hecho en otro marco y apeló a las respuestas políticamente correctas o diplomáticas a la que es tan afín. Tanta prudencia dialéctica habría sido inimaginable en otros períodos, donde Tevez se veía como una figura intocable e incluso capaz de autoconvocarse a la Selección como lo hizo en repetidas oportunidades, manipulando a distintos entrenadores, desde Sergio Batista hasta Diego Maradona.

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Ahora ese modelo de jugador intocable y oportunista (también en el plano político) se derrumbó. No es más intocable. Y él lo sabe y lo admite porque no le queda otra. Finalizó su aura de jugador imprescindible. Lo que no significa que no pueda convertir algún gol importante o que no tenga chapa para erigirse en una individualidad influyente en un partido. Esta reserva futbolística la sigue conservando, aunque su aporte específico sea cada vez más errático y menos determinante.

Fue un crack con un perfil especial Tevez. Un crack lejano a los refinamientos. Porque su gambeta nunca fue refinada. Una gambeta con más potencia que sutilezas. Con más empuje que riqueza estética en la maniobra. Con más arrebato e ímpetu que belleza. Pero muy gravitante a la hora de poner en consideración su alta eficacia en el área adversaria.

Ese Tevez con presencia demoledora que arrancó en Boca y se proyectó, primero a Brasil y después a varios clubes de Europa, ya en su primer regreso al fútbol argentino en julio de 2015 denunciaba que iba resignando capacidad de desequilibrio ofensivo. Estaba resignando, en definitiva, su mayor capital. El capital que siempre lo distinguió como un punta o una segunda punta con una autonomía suficiente para ganar partidos a favor de su inspiración combinada con una buena respuesta física.

En este contexto vale recordar lo que decía aquella mítica canción de Vox Dei (Presente), reconvertida casi en un himno que se heredó de generación en generación desde que se grabó en 1970: “Todo concluye al fin/ nada puede escapar/ todo tiene un final/ todo termina”.

El final de aquel Tevez exuberante que supimos conocer, no está más inscripto en la dinámica del presente. No será uno más cada vez que salga a una cancha. Y no será uno más para los rivales que lo enfrenten. Pero su presencia actual remite a las sombras, no deseadas, de la decadencia.

Porque da toda la impresión que quiere pero no puede. Que busca pero no encuentra. Y lo que no encuentra son los tiempos y los espacios que hace unos años frecuentaba con absoluta naturalidad. Por eso no define una posición, una función, un lugar en la cancha, una forma para recibir, devolver y encarar.

Son fuleros estos episodios que viven los jugadores que tuvieron la sartén por el mango. Porque allí nomás están los recuerdos y muy frescas las imágenes del pasado reciente que precipita las comparaciones. Cuando fluía lo que hoy se desvanece. Cuando arrancaba y dejaba un tendal que ahora se resignifica en la nostalgia. Cuando aparecía y convertía.

No está más ese Tevez tan dominante como desafiante. Podrá quizás construir alguna jugada ocasional muy celebrada, pero la verdad es que su fútbol languidece, más allá de los negacionistas de siempre. Por eso Guillermo no dudó y lo sacó, como hace unos años lo sacaron a él.

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