Le están saliendo las cosas bien a Independiente. La conquista de la Copa Sudamericana casi en el cierre de 2017 y la Suruga Bank hace unos días, son estímulos futbolísticos muy apreciados y reivindicados.
Incluso la caída en marzo pasado en la Recopa frente a Gremio en definición por penales, dejó muy bien parado al equipo, considerando que en el primer tiempo en Avellaneda sufrió la expulsión de Gigliotti y en Porte Alegre, también en la primera etapa Amorebieta recibió la tarjeta roja a partir de las imágenes que devolvió el promocionado VAR.
Si a estos episodios le sumamos su clasificación a los octavos de final de la Copa Libertadores, enfrentando al Santos el próximo martes, completamos un panorama claramente positivo. Pero en estas circunstancias favorables siempre está latente en los territorios del fútbol la irrupción sigilosa de un escenario triunfalista que suele instalarse después de algunas coronaciones.
No es que en Independiente observemos en detalle y en profundidad los perfiles y los rasgos de este paisaje. Pero la conducción (en este caso, el entrenador Ariel Holan) tiene que estar muy atenta. Hoy el microclima que cobija a Independiente alienta y cultiva mensajes muy exitosos. Y es natural que así suceda. Venía padeciendo demasiadas noches sin luces el club de Avellaneda, hasta que luego del desastre institucional, político, económico y deportivo que dejó su anterior presidente Javier Cantero (un paracaidista sediento de poder y con aires de moralizador), comenzó una etapa de reconstrucción total bajo la gestión de Hugo Moyano.
El riesgo es que el plantel, sensible a los fervores y pasiones del entorno, se termine creyendo la película del equipo que tiene la vaca atada. No es así. Nadie en el fútbol tiene ninguna vaca atada. Nadie, en definitiva, gana en la víspera. Cada partido es siempre una aventura incierta.
Adquirir y consolidar una mentalidad ganadora para afrontar las competencias es una formidable plataforma de lanzamiento. Aquel Independiente que en 1963 salió campeón del fútbol argentino postergando en las últimas fechas a River y al año siguiente obtuvo la primera Copa Libertadores, forjó la bandera de un equipo ganador. Y de una mística ganadora que se fue propagando en el tiempo.
Pero la mentalidad ganadora de un grupo de jugadores que después encontraron grandes herederos en las décadas posteriores, no se contaminó de triunfalismo. Por eso Independiente continuó ganando hasta quedar bautizado como el Rey de Copas.
Este equipo y cuerpo técnico de Independiente están parados frente a un desafío muy importante: saber metabolizar los elogios que le dispensa el ambiente del fútbol argentino. Saber interpretar y leer la dimensión de esos elogios casi siempre funcionales al resultadismo. Porque la exaltación y dramatización del resultado confunde. Tanto en la victoria como en la derrota.
Jugó bien Independiente durante la Copa Sudamericana de 2017. Jugó con personalidad en la Recopa ante el Gremio. Jugó bien y mal Independiente en los seis partidos que disputó de la Copa Libertadores 2018. Y jugó discreto ante el Cerejo Osaka por la Suruga Bank. Es cierto; en general ganó mucho más de lo que perdió. Y se metió otra vez, luego de varios años, en el carrousel de los equipos que escriben la historia.
Pero tiene que seguir acompañado por la prudencia. ¿Qué interpretamos por prudencia? No escuchar los cantos de sirena. Abstraerse de cualquier mirada edulcorada que provenga de adentro o de afuera. No conformarse con lo que ya hizo. No dejarse tentar por actitudes más laxas. No ablandarse.
Para ratificar lo que consiguió tiene que alejarse de cualquier zona de confort. “Ahora vamos por la octava Libertadores”, es la consigna que simboliza la euforia que replica por Avellaneda. Es una consigna valiosa para interpelar el futuro inmediato. Por supuesto que tiene que continuar creciendo el equipo. Creciendo en recursos individuales y en funcionamiento. Porque el funcionamiento y la aplicación colectiva que mostró en la Copa Sudamericana que conquistó, en el 2018 todavía no lo encontró.
La motivación central, naturalmente, es volver a ganar la Libertadores. Pero a esa motivación hay que sumarle una convicción de hierro y un mayor contenido futbolístico.
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