Ocho medidas para tomar la mejor decisión

Muchas de las actividades que realizamos todos los días, las hacemos “en piloto automático”. Sin embargo, tenemos una notable capacidad para anular nuestros hábitos e impulsos.

La conciencia encarna el rol del “director ejecutivo” de la mente: es capaz de coordinar una serie de procesos básicos y automatizados para evaluar diferentes aspectos de la situación, de manera que pueda generar una respuesta que se adecúe de forma óptima a las particularidades del contexto.

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Este tipo de respuesta no podría lograrse por medio del procesamiento automático, ya que solo genera respuestas similares a demandas similares. Cuando el contexto cambia o surge algún imprevisto y la forma en la que valoramos y reaccionamos habitualmente deja de ser válida, la conciencia debe entrar en acción para dar sentido a la nueva información y poder generar una respuesta que se adecúe más al nuevo entorno.

Ahora bien, un sistema de procesamiento consciente, deliberado y controlado no garantiza que las decisiones que tomemos sean las más racionales ni las más adecuadas. Uno puede lograr lo que quiere (no siempre, por supuesto), pero si no maneja el tiempo y las emociones, puede terminar frustrado. Ahí es donde el autocontrol cumple una función determinante: saber decir que no a una solución o satisfacción a corto plazo, reconocer que por más simple que parezca no es la solución correcta. Resulta imprescindible ordenar nuestras prioridades.

Según una publicación de la Escuela de Negocios Harvard hay ocho medidas que podemos poner en práctica para mejorar nuestra toma de decisiones.

  1. Evaluar en detalle todas las variables que intervienen en una decisión tomando en cuenta resultados pasados y la probabilidad de resultados futuros.
  2. Mirar la situación desde la perspectiva de un observador. Al adoptar este punto de vista, se reduce la extrema confianza que podemos tener en nuestro conocimiento al tomar una decisión y vamos a poder ser, entonces, más flexibles a la hora de evaluar el hecho y los resultados posibles de las acciones tomadas.
  3. Considerar lo opuesto a la decisión que estamos por tomar. De esta manera se reducen los errores de juzgamiento debido a los sesgos que nos impone la confianza excesiva en nuestro conocimiento del tema y de los resultados que obtuvimos en el pasado con decisiones parecidas, entre otros.
  4. Tomar decisiones en grupo. Se trata también de una buena forma para sobrepasar los sesgos individuales.
  5. Saber cómo funcionan los sesgos, es decir, tener más información sobre nuestros esquemas mentales para no dejarnos llevar por ellos.
  6. Evaluar el rendimiento de un equipo, en vez de evaluar detenidamente cuánto contribuyó o no cada uno. De esta manera no se le achacará todo lo bueno o lo malo a una sola persona.
  7. Realizar razonamientos “analógicos”. Esta estrategia se vincula con tener la habilidad de encontrar un principio de funcionamiento común a varias tareas.
  8. Analizar todas las opciones en conjunto en vez de una por una.

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