El presidente tiene todo el derecho del mundo a pensar que todavía tienen una oportunidad de llegar al balotaje, ya que en política los imposibles no existen. Aun siendo muy difícil lograr ese objetivo, lo peor que puede hacer es desistir

La Argentina está en el peor de los mundos. Ni tiene un presidente, ni no tiene. No estamos hablando de lo formal. Estamos hablando de la real politik. Cuando todos los actores relevantes miran al que consideran que es el futuro seguro, lo demás ya no importa. Tenemos un problema con el diseño de las reglas de juego. Pero esa discusión vendrá post 10 de diciembre.

Macri tiene todo el derecho del mundo a pensar que todavía tienen una oportunidad de llegar al balotaje, ya que en política los imposibles no existen. Aun siendo muy difícil lograr ese objetivo, lo peor que puede hacer es desistir, ya que el poco poder que le queda se le diluiría como agua entre los dedos. Para eso debe mantenerse "razonablemente" firme. ¿Qué significa? Que luzca consciente del trauma que está atravesando, para que nadie empiece a pensar que se debe ir antes. Como marca Sun Tzú en "El Arte de la Guerra": lo fundamental es la impostura. Si él luce sereno en el medio de la tormenta al principio parecerá tonto o loco, y cuando las aguas se aquieten será visto como lúcido.

¿Por qué Macri no puede abandonar la batalla? Porque alguien es líder precisamente porque no es vencido internamente. Si él aparece quebrado, es muy difícil que su tropa no se rinda ante las circunstancias. Supongamos que el presidente ya no tiene ninguna posibilidad. En el momento que lo reconozca empieza a ser derrotado. Por lo tanto, insisto, debe mantenerse razonablemente firme. De él depende ahora la suerte de sus generales y coroneles. Para que éstos no crean que es tonto o loco y los lleve a conspirar contra el comandante en jefe- es clave que muestre tener suficiente astucia para resistir y entusiasmar al mismo tiempo. Si finalmente se pierde, al menos será recordado como un líder que luchó hasta el final. Si Macri mejora un poco su rendimiento del 11 de agosto, hasta podrá jactarse de haber engordado el capital parlamentario de la coalición: no es lo mismo perder 4 a 0, que 4 a 2. El gusto final es distinto.

Pero claro, Macri no es un líder "a la antigua", con todo lo bueno y lo malo que eso significa. Alfonsín tuvo incidencia hasta que se murió. Cuando la hiperinflación lo expulsó del mando 6 meses antes, cualquier ser normal lo hubiera jubilado y olvidado. Pero el ex presidente no era alguien común. Hizo el Pacto de Olivos, luego constituyó la Alianza, luego acordó la salida política de 2001, y hasta el último día incidió sobre la orientación de su partido.

¿Tendrá Macri la lucidez para llevar a su ejército a una derrota digna, en donde el adversario le reconozca gallardía? Las primeras horas se parecieron más a "La Caída" de Hitler que a otra cosa. La actitud negadora, empecinada, sin autocríticas. Con el pasar de las horas lució más recompuesto y pasó a la ofensiva con medidas electoralistas. Las que se supone que no hubiera tomado de haber perdido por mucho menos. Pero la necesidad tiene cara de hereje.

La pregunta que muchos se hacen es: ¿podría haber hecho otra cosa? ¿fue suficiente con sacar a Dujovne? ¿No debería haber hecho cirugía mayor y cambiar a Marcos Peña? Para que algo dé resultado necesita tiempo. Cambiar al jefe de gabinete y de campaña faltando 10 semanas para la elección definitoria puede ser temerario: hasta que el reemplazante (Pichetto?) le agarra la mano al comando quizá se haya perdido un tiempo precioso. Un cambio mayúsculo y conceptual debió haberse hecho aquel fin de semana de septiembre de 2018, de modo que todo el esquema de decisiones políticas tuviera otro enfoque.

El presidente decidió jugar con lo que hay y confiar en su intuición. Desde afuera del gobierno parece poco. Desde adentro también.

(*) Consultor político

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