La necesidad de impulsar medidas que contengan el efecto más corrosivo para la administración macrista, la inflación, llevó a un inédito cambio de estrategia, propio de los momentos de desesperación. El riesgo a perder es alto y corroborado por datos concretos

Qué terribles habrán sido los números de las encuestas que llegaron a las manos de los que deciden en el Gobierno, para haber decidido dejar de lado dogmas y lanzar un paquete de medidas como el anunciado el miércoles pasado.

En efecto, las medidas van a contramano de lo que en lo más alto sostuvieron desde su llegada al poder, y contradicen hasta al propio Presidente, que días atrás había insistido en que ‘este es el camino para derrotar la inflación’. No este que anunció el miércoles pasado.

La semana anterior Mauricio Macri les había planteado a los ‘sin tierra’ -dirigentes oficialistas de los distritos bonaerenses donde no gobierna Cambiemos- que ‘necesitamos persistir porque, si hacemos lo contrario, la Argentina se vuelve a caer del planeta. El mundo aprieta un botón y nos desconecta. Hoy la vinculación del país con el mundo es Cambiemos’.

Al hablar de ‘persistir’, Macri aludía al rumbo elegido por su gobierno, y al advertir sobre los riesgos de alterarlo, sugería lo que puede suceder si a partir de diciembre es otro el timonel del barco. Lo curioso es que los anuncios del miércoles representan un impasse que habrá que ver cómo es interpretado por ‘el mundo’.

Por primera vez el optimismo intrínseco del gobierno parece haber dejado lugar al temor concreto de perder. Si la advertencia es sobre lo que nos puede pasar si ellos no siguen, es porque realmente piensan que una derrota es probable. Muy probable.

El baño de realidad comenzaron a tomarlo cuando llegaron los datos del equipo de Jaime Durán Barba, que encendieron todas las luces de alarma en el seno del gobierno. Fue tal la sensación de peligro, que al decidir un acuerdo de precios -’congelamiento’, según algunos; ‘pacto de caballeros’, tal la definición de Dujovne- el Gobierno volvió sobre sus pasos hasta el inicio mismo del recorrido de Cambiemos. Sucede que ese objetivo había sido sugerido en su momento por Alfonso Prat-Gay, y desechado por el tándem Macri-Peña.

Tal vez haya tiempo para ver algún día arrepentirse a quienes conducen de no haber aceptado la sugerencia de propios y extraños -Emilio Monzó, Ernesto Sanz, Miguel Pichetto- de encarar un acuerdo político con todos los sectores, que probablemente le hubiera posibilitado avanzar con algunas de las múltiples reformas anunciadas y nunca alcanzadas por Cambiemos.

Muchos se siguen preguntando si el Gobierno necesitaba esperar los datos de Durán Barba para comprobar que estaba en peligro. A los inversores de riesgo les alcanza con conocer una encuesta que da a Cristina Fernández de Kirchner ganándole un balotaje a Mauricio Macri por 45 puntos a 36, para disparar el riesgo país a los máximos niveles de la era Cambiemos, y el más alto en cinco años.

Esa fue una interpretación; otros dijeron que la razón de la trepada a 851 puntos del riesgo país obedeció en realidad a las medidas anunciadas por el gobierno el miércoles, que algunos consideraron no sin cierto grado de certeza como ‘una dosis de kirchnerismo’ por parte de Cambiemos.

No faltará el que sugiera que para tener un gobierno que haga kirchnerismo, preferible optar por el original. Con esa premisa es que desde el Instituto Patria comenzaron a circular no solo comentarios sobre eventuales medidas, sino directamente planes de gobierno para la eventualidad de un tercer mandato de quien ni siquiera ha confirmado que vaya a competir en agosto y octubre. Lo cierto es que a esta altura y teniendo en cuenta los acontecimientos, ya muy pocos dudan de que Cristina Kirchner vaya a ser candidata. Quienes lo hacen, más bien esbozan una expresión de deseo.

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En esos planes que trascendieron se anticipa una suerte de cristinismo light: dispuestos a negociar con el Fondo Monetario Internacional (FMI); descartando semejanzas con Venezuela -salvo la asumida afinidad con sus líderes-, y hasta dispuestos a no desandar parte del camino emprendido por la actual administración en materia fiscal. En esas especies circulantes se descarta una reforma constitucional, un avance contra empresas emblemáticas y hasta se asume como un error haber colisionado en su momento con el campo.

En ese relato se infiere la letra de Alberto Fernández; habría que analizar bien si realmente es el pensamiento de la senadora. Y conforme la experiencia de tantos años de conocerla convendría tomar con pinzas tanto edulcoramiento.

Varias veces en la gestión K se auguraron futuros descartados de un plumazo. Cristina Kirchner prometía en 2007 dar la pátina de institucionalidad que le había faltado a la gestión de su esposo; en 2011 amagaron intentar desactivar la bomba de las tarifas congeladas, vía ‘sintonía fina’, y en 2013 la llegada de Jorge Capitanich a la Jefatura de Gabinete pareció anticipar un replanteo drástico de la gestión, que también quedó en veremos.

Por lo pronto, la expresidenta sigue gozando de un activo curioso: sube mientras no habla. Ni siquiera lo hizo en la sesión de esta última semana en el Senado, donde se la vio sonriente y silenciosa, cuando todo el resto de su bloque estuvo muy activo y verborrágico.

Sorprende que no haya postergado su viaje a Cuba para despedir los restos de su madre. Ya se sabe lo que rinde su imagen acongojada.

Pero volvamos a las medidas para tratar de ponerle un freno a la inflación. Mauricio Macri cedió a los requerimientos de sus socios radicales en cuanto a precios y a congelar tarifas. Un paso atrás esto último, a juicio de las principales espadas del PRO, en la que consideran fue la única política que les funcionó en la gestión: la recuperación del autoabastecimiento energético. Pero no resultaba razonable seguir torturando a los usuarios y torpedeando los precios a lo largo de este año, tal vez despejándole el camino a quien herede esta gestión, si no es el propio Macri. El reclamo radical también existía en el seno de encumbradas figuras del PRO.

Cuentan testigos que hubo una discusión de fuerte tono entre el primer mandatario y el jefe del radicalismo, Alfredo Cornejo. También entre los gobernadores radicales y el ministro Dante Sica. Lo que no le concedió el gobierno a la UCR fue congelar también el precio de los combustibles. Mala señal para los inversores, y un retroceso en esa área que el macrismo consideraba innecesario dar, sobre todo si el dólar estará quieto.

Elisa Carrió se llamó a silencio como suele hacer en esta época del año: el ayuno de Semana Santa le sirvió a Cambiemos para no tener a su dama de hierro haciendo aportes a la confusión general. Aparecerá en los próximos días haciendo campaña en Santa Fe y Córdoba y seguramente apoyando las medidas.

La decisión de tener al dólar atado es posiblemente una de las medidas más sorprendentes, pero quizá la más necesaria. La pendiente presidencial se inició hace exactamente un año, cuando el dólar se embarcó en una carrera irrefrenable. La inesperada disparada de marzo hizo su aporte a la inflación elevadísima de ese mes.

Tener al dólar calmo le aporta sosiego a Cambiemos, y contribuye a aventar fantasmas. Pero como sea, el dato más contundente que afecta a las posibilidades de Mauricio Macri de reelegir es sin lugar a dudas la inflación. El elemento más corrosivo para esta gestión ha sido siempre su imposibilidad de controlar los precios. Así las cosas, el detonante para el anuncio de medidas fue la certeza de que el arco seguía corriéndose.

Como un deja vú de la saga del segundo semestre, el gobierno viene anunciando desde febrero una inminente baja, pero sucede lo contrario. Ahora se sabe que abril trae arrastre pesado de marzo, y la cuenta regresiva hacia las PASO está en marcha. Llámenle electoral o lo que sea, el Gobierno necesita cuanto antes algún plan para apagar temores de una población que viene cascoteada por meses y meses de inflación alta y salarios bajos.

Pensando en lo electoral, el ancho de espadas de Cambiemos, la dirigente de mejor imagen del país y curiosamente la que más riesgo tiene de perder, María Eugenia Vidal, adherirá al congelamiento de tarifas, y anunciará en los próximos días una serie de medidas, que incluyen descuentos y créditos, en sintonía con la Casa Rosada. También saldrá a la cancha, metida de lleno en la campaña. Necesita remontar la cuesta que le impuso el deseo de Nación de no desdoblar las elecciones y correrá entonces con el peso del Presidente en su lista. Que hoy por hoy se asume como lastre. Por eso también a partir de esta semana comenzará a mostrarse menos con Macri. Ya pasó en 2017.

Vidal se encargará del peso de la campaña electoral deseando que un repunte en las encuestas se traslade en la mayor medida posible al Presidente. Cuestión de que el sacrificio valga la pena.

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