Malos fallos y arbitrajes, malas peleas, ausencias de figuras y déficits reglamentarios, dan como resultado al boxeo argentino actual. Reconstruirlo será tarea de todos: boxeadores, dirigentes, DT's, árbitros, jueces, promotores y periodistas. Maximizando cada tarea podrá entonces exigirse mejores productos.

Como en el país, donde una crisis se revierte con salud, educación y trabajo mancomunado hacia un mismo objetivo, en el boxeo además lo que hay que formar son fondistas y figuras que le den a la actividad una debida repercusión y vitalidad.

Cuidarles la salud para su durabilidad en el deporte y luego en la vida, entonces, es algo que debe estar en primer plano.

La educación, luego, sería demostrar transparencia desde la cabeza de mando hacia abajo, ya sea para dar veredictos, o aplicar leyes que deben respetarse por sabias y por buenas.

Sería la mejor forma de transmitir un ejemplo de honestidad y abnegación que luego se les pide en el ring y debajo de él, para aceptar fallos y opiniones en contra –justos e injustos-, tanto de jueces como de árbitros, público y prensa. O golpes recibidos, lícitos o ilícitos. Es lo básico y lo primero.

Hidalguía, caballerosidad y respeto, son la forma suprema de su formación y las credenciales a exhibir ante la sociedad, de gente que proviene de estratos bajos, y ejerce un oficio rudo.

Sin embargo, no es el ejemplo que se les suele devolver a veces, y que debiera recrudecer como valor de mínima en las crisis como la que se está atravesando.

Por el contrario, amparados en la poca repercusión mediática imperante y en la escasez de valores, últimamente se viene abusando de eso y se cometen deslices que en otras épocas, y otro contexto boxístico, hubiesen ameritado una página entera en los diarios con titulares catástrofe.

Sin ir más lejos, hoy por hoy, que el dominicano Diego Pichardo –radicado aquí- con 18-17-1, 3 KO a favor y 4 en contra, esté peleando como estelarista, hace algo de ruido. Máxime si lo hace en supergallo, contra un pluma como Diego “El Profeta” Ruíz. Y peor aún, con un título en juego (latino silver CMB).

No sería nada eso, más allá de que tiene 11 derrotas en sus últimas 13 peleas, sino que además es un púgil que proviene de los supermoscas; que ya de por sí sufrió duras peleas representando a Los Cóndores en la WSB de AIBA, y quedó golpeado como la mayoría de quienes allí intervinieron.

Para decir más, Pichardo peleó en el profesionalismo contra Narvaes y Reveco, entre otros. Y hoy en día está entrando en zona de riesgo.

Lejos de advertir esto, lo ponen ante rivales cada vez más pesados y jóvenes como Ruíz (24 años contra 33), que encima no dio el peso el último viernes en Bolívar –se excedió en casi 1 kilo-, y que en varios pasajes lo vapuleó ante la pasividad del árbitro Gustavo Tomas –en el 6º lo tiró dos veces-, que dejó seguir para que el resultado al final sea el mismo (derrota), pero con 4 rounds de yapa. ¿Era necesario?

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Sin sacarle la licencia, se podrían buscar peleas más livianas y acordes al nivel actual de Pichardo, a su peso y exigencia, pensando en su futuro como hombre, ahora que aún se está a tiempo.

Eso sería proteger, más que pagarle una buena bolsa pasajera, o conseguirle una buena chance que jamás aprovechará. Y más que cuidar normas reglamentarias malinterpretando artículos.

La semana pasada, por ejemplo, peleó por el título argentino superpluma vacante el catamarqueño Javier Herrera (7º) contra el cordobés Matías Romero (1º).

Más allá de que la regla –que ya habría que modificar- establece que una vacancia debería llenarse con 2 de los 3 primeros del ránking –cosa que no se cumplió-, Herrera no tenía ninguna pelea a 8 rounds como se supone –erróneamente- que debe tener un púgil para considerarse fondista, sino todas a 4 y 6.

Sin embargo estaba rankeado, y hasta peleó por el título (¿?). Y lo asombroso es que debieron apelar a un vergonzoso fallo localista para vencerlo, porque en realidad había ganado. ¿Estaba o no a la altura, más allá de lo que supuestamente dice el reglamento?

El de los malos fallos es el otro desorden actual que habría que ajustar, porque no se está bajando el mejor de los mensajes.

O a los jueces les agarró un ataque de amnesia y olvidaron cómo fallar, o se han relajado tanto ante la falta de controles que se han vuelto localistas, promotoristas, o tendenciosos, porque vienen pifiando tupido en las peleas no sólo de fondo, sino también en las preliminares.

El último sábado sucedió con la victoria del entrerriano Marcelo Cóceres ante el pampeano Cristian Zárate en Cutral Có, que si bien fue pareja porque este último estuvo al borde del KO en el 10º sin que el árbitro (Daniel Rodríguez) la parara ni contara –en otro yerro arbitral más-, Zárate había dominado casi todas las vueltas. Sin embargo el fallo fue de 6 y 4 en su contra, o sea, a favor de Cóceres, el púgil del promotor.

Y no es una inocente perlita aislada. Se suma a los pésimos fallos de los últimos tiempos de Perrín-Pereyra, Matías Romero-Herrera, y quizás Leonela Yudica-Altuve, que por una u otra razón pasaron inadvertidos, pero que se están haciendo costumbre por quedar impunes, al menos ante la opinión pública y mediática.

Los agrava el hecho de que “casualmente” son todos fallos en beneficio del local o del promotor de turno sin excepciones, pues los privilegios se los han repartido tanto Osvaldo Rivero, como Sampson Lewkowicz y Mario Margossián, respectivamente.

Un fallo puede ser malo pero honesto cuando es contrario a los intereses creados. Pero cuando es a favor de éstos, además de malo es sospechoso, porque allí es donde cabe la duda de si se peca por ineptitud o por corrupción.

Si queremos mejorar el producto, pues que se muestren caminos. Que cada cual empiece por casa, tratando de perfeccionar lo suyo, ya que ningún jardín crece sobre un pantano.

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