Este jueves se estrena en nuestro país “El Candidato”, la segunda película de Daniel Hendler como director, en la que se aborda el armado de una campaña política para un candidato proveniente del sector empresarial desde una mirada tragicómica.
Con motivo de la llegada a las salas de cine comerciales de la Argentina, tras su paso por el BAFICI, DIARIO POPULAR charló en exclusiva con el uruguayo.
A continuación, la entrevista completa:
—“El Candidato” tuvo un proceso de más de cinco años. A meses de haberla estrenado en Uruguay y ahora que se estrena en argentino, ¿qué te parece el resultado final de ese proceso?
—El resultado final me parece fantástico. Obviamente no puedo ser objetivo, pero se parece mucho a lo que soñamos desde el principio del proyecto. No quiero decir nada místico, pero cuando sucede eso de la magia del cine pasa que el resultado final es todavía mejor que la idea inicial, y creo que eso pasó con esta película. Y sí que fue un proceso largo. Empecé a escribirla en 2011, la filmamos en 2015 y la estrenamos en Uruguay a fines de 2016. Después pasamos por algunos festivales y ganamos algunos premios, y ahora la estrenamos en los cines de acá, antes de pasar a una plataforma digital en agosto aproximadamente.
—La película presenta a un candidato político en pleno armado de su campaña. ¿Te inspiraste en alguien en particular para construir al protagonista?
—No me inspiré en ningún político en particular, sino más bien en los empresarios en general, que son varios por la región y algunos muy cercanos tienen bastante éxito. Esos que son como lobos disfrazados de abuelita que supuestamente vienen a salvarnos, pero lo que parece ser en realidad es que están completando el circuito de su capital empresarial. La idea es un poco tratar de observar, desde una mirada con cierto humor, el absurdo detrás de este proceso en el que estos tipos aprenden a actuar frente a cámaras, a decir varios discursos al mismo tiempo y a ir variando el discurso de acuerdo a lo que le van sugiriendo sus asesores. Nosotros los actores vemos eso con cierto pavor, porque venimos de escuelas de teatro, de distintos ejercicios teatrales y pasando de un personaje a otro, y de pronto ver a estos tipos como una especie de colegas, como posibles “compas” de la escuela, es bastante extraño y siniestro por momentos. Pero nuestra mirada sobre el protagonista, sobre el candidato del nombre de la película, tampoco está exenta de cariño, porque en el proceso de humanización de un personaje uno va tratando de entenderlo también. Entonces, tratar de entender a estos monstruos también nos conecta con nuestros propios monstruos internos. Tratar de entender cómo estos tipos se convierten en semejantes mamarrachos nos compromete a buscar dónde está ese monstruo interno propio, para poder entenderlo y no solamente juzgarlo.
—¿Creés que el protagonista de este film tiene una conexión con el de “Norberto Apenas Tarde”, tu primera película como director? Te lo pregunto porque ambos me parecieron tipos a los que los excede la situación que están viviendo, que no están del todo seguros de lo que hacen y que, de alguna manera, están condicionados por lo que el resto pretende de ellos…
—Sí, totalmente. Creo que lo explicaste mejor de lo que hubiera podido explicarlo yo. Quizás solamente agregaría que en ambos casos hay como un desfasaje entre el deseo y el obstáculo. En las estructuras cinematográficas clásicas tenemos un protagonista que desea algo y un obstáculo que se interpone justo en la dirección exactamente contraria a ese deseo. Pero en la realidad, la dirección de ese deseo nunca es tan clara, ni el obstáculo aparece siempre en la dirección opuesta a ese deseo. Esas son cosas que forzamos en las películas para poder contar historias. Pero en el caso de mis dos películas, creo que ambos protagonistas no tienen muy claro cuál es su deseo y construyen sus direcciones en base más a supuestos deseos. En el caso de “El Candidato”, creo que son las trampas que se arman alrededor de la campaña y que van confundiendo al protagonista, porque lo que él quiere buscar en ese personaje que le quieren construir es su propia persona. Ahí se nos arma un lío o un juego entre la estructura clásica y un tipo que se miente a sí mismo, que o tiene que ser parte de una mentira.
—En “El Candidato” vos te encargás, de alguna manera, de caricaturizar las “artimañas” que utilizan los políticos en la realidad, que muchas veces son ridículas pero que como sociedad igual compramos. ¿Por qué creés que se da esto?
—Más que engañarnos como ciudadanos con esas consignas, me parece que el tema es que se engañan a ellos mismos. Y engañándose a ellos mismos terminan convenciéndose y engañándonos a todos nosotros. Ellos mismos se van transformando en unos híbridos extraños, que van sufriendo un proceso de convicción mediante el cual pueden decir cualquier cosa con cierta convicción, y así arrastrarnos un poco gracias a esa convicción. Algo de eso nos pasa también a los actores, porque es verdad que cuando uno entra al juego actoral convencido termina generando una ilusión en el espectador gracias a esa convicción.
—¿Creés que en una sociedad tan mediatizada como la actual es una condición sine qua non para un político tener ciertas condiciones o habilidades actorales?
—Creo que, en algún punto, la actuación se da en todos los ámbitos. Con las redes sociales y las comunicaciones tecnológicas, por ejemplo, siempre se nos pide un perfil, y hasta nos dan para elegir un menú de emoticones para expresar nuestros sentimientos. Ahí nos invitan a construir un perfil que nunca es exactamente como nosotros mismos. Nos invitan a elegir personajes, caruchas que nos representan. Creo que es un juego que excede a los políticos, y en todo caso lo que cuesta es ver el límite entre actuar y no actuar. Me parece que está todo mezclado.
—Luego de la primera proyección de “El Candidato” en el último BAFICI, algunos sitios web publicaron que cortaron la luz a propósito al momento en que tenías que responder las preguntas del público, debido a un enojo de las autoridades del festival por tus críticas previas a la situación del INCAA. ¿Esto fue así?
—Sé de lo que estás hablando, pero ya lo aclaré por Twitter. En realidad, lo que pasó fue un error del que se disculparon, aunque tampoco era necesario que se disculparan. Si a alguien le hubiera molestado lo que yo dije, creo que no hubiera habido una reacción tan torpe. Y, además, me consta que al director y a los programadores del festival les entusiasmaba mucho que estuviera la película. Además, estaban al tanto de que muchos íbamos a hablar sobre la situación del INCAA.
—¿Y cómo ves la situación actual del Instituto de Cine, ahora que ya pasaron algunas semanas de la remoción de sus autoridades y que el tema ya salió un poco de la agenda mediática?
—Creo que así van avanzando, porque ahora se instaló la idea de que era una falsa sospecha la que tuvimos la mayoría del sector. Como si se hubiera disipado la amenaza. Lo que lograron fue alivianar algo que tuvo la reacción correspondiente, porque tiene cierta gravedad para el sector. Además, hay hechos concretos que sostienen esto y es que están tratando de armar una ley nueva para reemplazar la Ley de Medios, que es la Ley de Convergencia, y en esa ley se van a afectar los recursos del cine. Eso es muy probable que suceda. Para armar esa ley no llamaron a ningún representante del sector del cine argentino, sino sólo a representantes de las “motion pictures”, de las llamadas “majors”, que recomendaron, como era de esperar, que no hay que regular el mercado y que no hay que defender al cine local, porque el consumidor necesita tener libertad y todo ese verso que ya sabemos que es falso. Entonces, ¿cuál es la sospecha infundada? Creo que está más que fundada. Y ni siquiera te diría que es una sospecha. Es la reacción ante un hecho bastante avasallante.
—Teniendo en cuenta que “El Candidato” es una coproducción uruguaya-argentina, ¿cómo es la situación de la industria y desarrollo del cine en Uruguay?
—Tiene bastantes paralelismos con lo que está pasando acá. En los últimos tiempos hubo una oleada de demonización hacia todo lo público que no es casual, en la cual se empieza a construir que la independencia es lo privado y el mercado. Como si depender del mercado pudiera garantizar algún tipo de libertad artística y creativa, que creo que, en todo caso, es al contrario. En Uruguay la situación no es tan violenta a nivel de lectura sobre la realidad como acá que es tan partida, pero cada país da su pelea para tener cultura propia, si es que quiere tenerla. Si se entiende que hay una necesidad de tener un laboratorio audiovisual, de generar trabajo a través de la cultura y si se destaca todo el valor que eso tiene… Eso es algo que no siempre se puede medir en un rédito directo. Porque el rol del Estado no es el rol de una empresa. Está para compensar lo que el mercado no pude garantizar. Eso pasa en Uruguay, sobre todo en la parte de la exhibición. Se hacen pocas pelis por año, muchas con ayudas públicas y que implican mucho esfuerzo, pero que dinamizan el sector. El tema es que cuando están terminadas, ahí el Instituto de Cine se retira y deja a esas películas en manos del mercado, sin poder garantizar un libre acceso a la cultura. Eso hace que no sean fáciles las cosas para que el cine uruguayo pueda crecer.
—El año pasado estrenaste por UN3 TV una serie-web cómica y documental acerca de la ley que regula la marihuana en Uruguay llamada “Guía 19172”. ¿Qué podés contarme sobre ella?
—Es una comedia documental porque cuenta, sin excluir cierta parte pavota, cómo un personaje con aires de investigador se mete en una tesis para investigar la ley y para demostrar que los efectos de la misma van a ser nocivos para la sociedad tanto como el propio efecto de la marihuana, y cómo en el camino va derribando algunos prejuicios. Las entrevistas son reales, así que tiene una parte documental real y una parte divulgativa también
—¿Estás a favor de esta ley?
—Mirá, no te digo que no tenga cosas para cuestionar o preguntas que me surgen sobre la misma, pero en general me parece una ley de avanzada e interesantísima en lo que se propone experimentar, que es, sobre todo, intentar terminar con la vía del prohibicionismo, que se sabe que sólo trae perjuicios. Busca terminar con todo lo que trae aparejado el narcotráfico y los mercados paralelos, e incluso tener la posibilidad de poder atender a pacientes que puedan tener un problema de adicción, aunque también sabemos que los problemas que genera no suelen ser graves. Al contrario, más bien hay varias especies de marihuana que son muy beneficiosas para tratamientos de salud y para paliar distintas situaciones, así como para reducir el riesgo en casos de adicciones a sustancias más complejas. Más allá de algunos vericuetos discutibles y de una parte policía que tiene la ley, porque le exige al usuario que se registre, encuentro que tiene mucho de interesante. El sólo hecho de quitarle el estigma demonizador de “droga peligrosa” a la marihuana ya es bueno. Y poder discutir y que se pueda investigar la planta y todas sus propiedades me parece excelente.
—¿Notaste cambios en la sociedad uruguaya desde que se legalizó la marihuana y empezó a regulársela?
—Y, la gente camina más lento en la calle, las personas se chocan entre sí... (risas). Qué sé yo, lo que sí noto es que así como hay gente que en un bar sale a fumar tabaco, ahora también hay gente que sale a fumar marihuana. Antes, el olor a marihuana uno lo asociaba a gente que estaba en alguna rara. Ahora se está naturalizando, y es más rico y fresco que antes, porque con la legalización lo que se fuma es más natural. Por suerte, ya no lo asocia a un hecho delictivo.
—La gente que se oponía al consumo de marihuana antes de la ley, ¿cambió su percepción u opinión al respecto ahora que es legal?
—Creo que de a poco va cambiando. Primero porque se dan cuenta que no pasa nada grave. Obviamente aparecieron las voces que pretendían alarmar a la sociedad cuando se empezó a debatir esta ley. Pero ahora pasado ya un año, uno se da cuenta que no pasó nada. Al contrario, creo que es algo que está funcionando bastante bien. También, por ejemplo, se relajó esa tensión que había entre vecinos cuando uno tenía una planta que era ilegal. No veo que esto pueda tener ningún costado negativo, ni que vaya a incrementar el consumo de marihuana. En mi caso, por ejemplo, cada vez fumo menos. De adolescente fumaba más, pero uno después se da cuenta cuándo ter hace bien, cuándo no, para qué te sirve... Yo, por ejemplo, sé que no me sirve para trabajar y que para consumirla tengo que estar muy relajado, porque si no me paranoiqueo. Y me parece que si uno tiene acceso a una sustancia cuidada y a informarse, porque ya no es algo ilegal, puede tener un acceso mucho más saludable a la sustancia.
—¿Creés que se puede implementar una ley así en la Argentina?
—Sí. No sé si en este período, donde me parece que hay otras prioridades más urgentes como, por ejemplo, saquear el país… (en un tono impostado a propósito, emulando una risa macabra) “JAJAJA” (risas). Aunque quizás una ley así hasta les serviría para maquillar y tapar otras cosas que están haciendo. Creo que es una ley que podría provocar la polémica suficiente como para ocupar mucho tiempo en los programas de televisión y tapar que no hacen nada que vaya a cambiar estructuralmente los problemas sociales.
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