Romina Atencio es coach y mentora de mujeres y parejas. Para cualquier consulta, comunicarse al correo electrónico [email protected]. Instagram: @diosalmica. YouTube: @rominaatenciocoaching.
Todos tenemos miedo. Miedo a equivocarnos. Miedo a perder. Miedo a fracasar. Miedo a que nos rechacen. Miedo a que nos juzguen. Miedo a enfermarnos. Miedo a quedarnos solos. Miedo a tomar una decisión equivocada. Miedo a empezar de nuevo cuando algo termina. Miedo a abandonar lo conocido para aventurarnos hacia aquello que verdaderamente deseamos. Miedo a perder el trabajo, la familia, la pareja.
El miedo es una de las emociones más universales que existen. No distingue edades, profesiones, géneros ni historias de vida. Habita en quien sueña con emprender un proyecto y nunca encuentra el momento adecuado para comenzar. En quien permanece años en una relación que ya no lo hace feliz. En quien sabe que necesita un cambio, pero sigue esperando una señal que le garantice que todo saldrá bien.
Y tal vez ahí radique uno de los mayores problemas: queremos certezas antes de movernos. Queremos conocer el final de la historia antes de animarnos a escribir el primer capítulo. Sin embargo, la vida jamás funciona de esa manera.
La escritora Anais Nin dijo una vez: “Y llegó el día en que el riesgo de permanecer cerrado en un capullo fue más doloroso que el riesgo de florecer”. Quizás esa frase resume una de las grandes verdades de la existencia humana. Llega un momento en que el dolor de quedarnos donde estamos comienza a ser más grande que el miedo al cambio.
Porque el miedo, aunque suele presentarse disfrazado de prudencia, muchas veces nos roba mucho más de lo que nos protege. Nos roba experiencias. Nos roba oportunidades. Nos roba encuentros. Nos roba versiones de nosotros mismos que jamás llegamos a conocer. La mayoría de las personas no viven limitadas por sus capacidades. Viven limitadas por sus temores.
No fracasan porque no puedan. Fracasan porque nunca lo intentan. No pierden porque sean incapaces. Pierden porque el miedo las convence de abandonar antes de empezar. Y así, lentamente, la vida comienza a encogerse. Se reducen los sueños para que entren dentro de la zona de confort. Se acomodan los deseos para que no resulten demasiado amenazantes. Se resignan proyectos para evitar posibles decepciones.
Pero existe algo profundamente triste en una vida construida alrededor de evitar el dolor. Porque una vida dedicada a evitar riesgos también termina evitando la alegría, la expansión y la plenitud.
El filósofo Soren Kierkegaard escribió: "Atreverse es perder el equilibrio momentáneamente. No atreverse es perderse a uno mismo". Y cuántas veces sucede exactamente eso.
Por miedo a perder una relación, nos perdemos a nosotros mismos. Por miedo al rechazo, ocultamos quiénes somos. Por miedo al fracaso, enterramos talentos. Por miedo al juicio ajeno, dejamos de escuchar la voz de nuestra propia alma.
Lo paradójico es que aquello que más anhelamos suele encontrarse exactamente detrás de aquello que más tememos.
-La libertad suele estar detrás del miedo al cambio.
-El amor suele estar detrás del miedo a mostrarnos vulnerables.
-El crecimiento suele estar detrás del miedo al fracaso.
-La abundancia suele estar detrás del miedo a perder seguridad.
-La autenticidad suele estar detrás del miedo al qué dirán.
Por eso, cada vez que el miedo aparece, quizás la pregunta no debería ser: “¿Y si sale mal?” Quizás la pregunta debería ser: “¿Y si sale bien?” ¿Y si esa conversación que estás evitando cambia tu vida? ¿Y si ese proyecto que postergás hace años funciona? ¿Y si ese sueño que parece imposible es justamente el camino que viniste a recorrer?
La realidad es que nadie puede garantizar resultados. Pero tampoco nadie puede garantizar que permanecer inmóvil sea más seguro. Porque existe una verdad que solemos olvidar: el tiempo también pasa para quienes no se animan. Y el tiempo tiene una forma muy particular de enseñarnos lecciones. Lo que hoy parece una decisión prudente, mañana puede convertirse en un profundo arrepentimiento.
La enfermera australiana Bronnie Ware, que acompañó a personas durante los últimos días de sus vidas, recopiló durante años los arrepentimientos más frecuentes de quienes estaban por morir. El primero de ellos fue conmovedoramente simple: “Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir una vida fiel a mí mismo y no la vida que los demás esperaban de mí”.
No decían: “Ojalá hubiera trabajado más”. No decían: “Ojalá hubiera sido más perfecto”. Decían que desearían haber tenido más coraje.
Coraje para elegir. Coraje para sentir. Coraje para amar. Coraje para vivir. Porque al final de la vida, lo que pesa no suele ser lo que hicimos. Lo que pesa es aquello que no nos animamos a hacer. Las palabras que no dijimos. Los abrazos que no dimos. Los viajes que postergamos. Los proyectos que dejamos dormir. Las oportunidades que dejamos pasar porque el miedo parecía más grandes que nuestros sueños.
Y acá aparece una reflexión todavía más profunda: ¿Qué es realmente el miedo? Desde una mirada espiritual, el miedo es la ilusión de la separación. Es la sensación de que estamos solos frente a la vida. Es creer que todo depende exclusivamente de nuestra capacidad de controlar cada detalle.
Romina Atencio
El miedo necesita control. La fe necesita confianza. Por eso, ambas rara vez pueden convivir plenamente.
Cuando el miedo gobierna, intentamos prever todos los escenarios posibles antes de actuar. Cuando la fe gobierna, comprendemos que no necesitamos conocer todo el camino para dar el próximo paso.
Martin Luther King Jr. expresó esta idea de manera magistral: “La fe es dar el primer paso incluso cuando no ves toda la escalera”. Qué enseñanza tan poderosa. La fe no consiste en saber. Consiste en confiar. No consiste en tener garantías. Consiste en avanzar aun cuando no existen. No consiste en la ausencia de incertidumbre. Consiste en la presencia de una certeza más grande que la incertidumbre.
Para quienes creemos en Dios, esta idea adquiere una dimensión aún más profunda. Porque si verdaderamente creemos que existe una inteligencia superior sosteniendo la vida, si creemos que nada escapa a Su amor y que cada experiencia tiene un propósito, entonces gran parte de nuestros miedos comienzan a perder fuerza. No porque desaparezcan los desafíos. No porque todo se vuelva fácil. Sino porque dejamos de sentirnos solos.
Comprendemos que hay una diferencia enorme entre caminar sin saber qué ocurrirá y caminar creyendo que, pase lo que pase, estaremos sostenidos. Y cuando aparece esa confianza, algo cambia. Seguimos sintiendo nervios, incertidumbre. Pero dejamos de permitir que esas emociones decidan por nosotros. Entonces ya no esperamos a que desaparezca el miedo para actuar. Actuamos porque sabemos que la vida sucede del otro lado del miedo.
Quizás hoy exista algo en tu vida que estás postergando: una conversación, una decisión, un cambio, un sueño. Una versión más auténtica de vos mismo. Y quizás llevás años esperando sentirte listo. Pero tal vez nunca te sientas completamente listo. Tal vez la valentía no sea la ausencia de miedo. Tal vez la valentía sea elegir avanzar aun cuando el miedo sigue ahí.
Porque detrás de ese miedo que hoy te paraliza puede estar el amor que merecés, la vida que soñás, el proyecto que anhelás o la paz que venís buscando hace años. Y porque, cuando llegue el final de nuestra historia, probablemente no nos preguntemos cuántas veces sentimos miedo. Nos preguntaremos cuántas veces dejamos que el miedo nos impidiera vivir. La vida pasa rápido. Demasiado rápido. Y cada día que dejamos para después aquello que el alma nos pide, es un día que no vuelve.
Por eso, quizás hoy sea un buen momento para recordar algo simple, pero transformador: detrás del miedo no está el abismo. Detrás del miedo suele estar el crecimiento. Detrás del miedo suele estar la libertad. Detrás del miedo suele estar Dios invitándonos a confiar. Y detrás del miedo, muchas veces, está exactamente la vida que soñamos vivir.
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